El segundo mandato de Donald Trump no ha necesitado mucho tiempo para mostrar su carácter. Enero ha sido suficiente. Lejos de un inicio prudente, el presidente ha optado por un despliegue acelerado de poder, con decisiones que han impactado tanto dentro de los Estados Unidos como fuera, y que han dejado una sensación inquietante: la de un gobierno que confunde autoridad con imposición.
Trump ha comenzado el año decidido a borrar cualquier duda sobre su fuerza política. Después de un final de año marcado por críticas internas y por el debate sobre su capacidad de liderazgo en un segundo mandato, enero ha sido una respuesta contundente. De hecho, incluso quizás demasiado contundente, para algunos. Su administración ha actuado con una lógica simple: demostrar control, aunque el coste sea elevado.
Política migratoria: el foco permanente
La política migratoria ha sido el principal escenario de esta estrategia. Las operaciones federales desplegadas en diversos puntos del país, especialmente en Minnesota, han dejado imágenes que han sacudido la opinión pública. Dos muertes durante enfrentamientos con agentes federales y la detención de un niño pequeño han convertido un debate estructural en una crisis emocional. No se trata solo de fronteras o leyes, sino de personas atrapadas en decisiones tomadas lejos de su día a día.
Estados Unidos lleva décadas debatiendo cómo gestionar la inmigración. Trump ganó las elecciones prometiendo mano dura, y una parte importante del electorado le compró el relato. Pero enero ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hay un punto en que la firmeza deja de ser eficacia y se convierte en brutalidad? Incluso votantes republicanos han empezado a expresar dudas, conscientes de que la imagen de un Estado implacable puede acabar debilitando el mismo poder que pretende reforzar.
Golpe sobre la mesa en política exterior
En el exterior, el presidente ha querido reafirmar el liderazgo estadounidense con acciones de gran impacto. La operación contra el régimen venezolano ha sido presentada como una demostración de fuerza y determinación, pero también ha despertado temores sobre una política exterior basada más en gestos que en estrategia. El efecto inmediato puede ser el miedo; el efecto a largo plazo es la inestabilidad.
Este patrón se ha repetido en otros escenarios. Las renovadas amenazas a Irán, la presión sobre Cuba y la tensión con Europa dibujan un presidente que gobierna a base de confrontación. El caso de Groenlandia, con exigencias que han incomodado a aliados históricos, ha marcado un punto de inflexión. Por primera vez en mucho tiempo, Europa ha respondido con frialdad y distancia, como si asumiera que la alianza con Washington ya no es un refugio seguro.
Enero también ha servido para evidenciar un cambio más profundo: los aliados de Estados Unidos comienzan a prepararse para un mundo donde no pueden confiar ciegamente en la Casa Blanca. No es una ruptura, pero sí un reequilibrio. Cuando el poder se vuelve impredecible, la prudencia pasa a ser una forma de supervivencia.
Los meses que vendrán
Trump todavía tiene tres años de mandato por delante, pero este primer mes ha funcionado como una advertencia más que como una simple toma de contacto. El presidente ha querido demostrar que no piensa gobernar con el freno puesto, y que el paso del tiempo no lo ha hecho más cauto, sino más impaciente. Sin embargo, enero también ha revelado una realidad incómoda: el ejercicio constante de la fuerza genera reacciones, dentro y fuera del país. La contestación social, las primeras grietas dentro de su propio espacio político y la frialdad creciente de los aliados apuntan a un escenario más frágil de lo que la Casa Blanca querría admitir.
Enero, pues, no ha sido solo un mes intenso ni una sucesión de decisiones polémicas. Ha sido una declaración de intenciones y, al mismo tiempo, un espejo. Trump ha proyectado en él su visión del poder: directa, vertical y poco inclinada a la negociación. Pero el reflejo que devuelve este espejo es más complejo. Gobernar solo desde la fuerza puede acelerar el conflicto, pero no garantiza el control ni la legitimidad. Y si este inicio de año marca el tono de lo que ha de venir, Estados Unidos y sus aliados se enfrentan a una etapa larga, tensa y cargada de incertidumbre.