Joseph Robinette Biden Jr., demócrata vieja guardia de 77 años, político profesional, hijo de una familia de clase media-baja de una ciudad industrial y minera de Pensilvania, católico, exvicepresidente de Obama, ha arrebatado la presidencia de los Estados Unidos a Donald John Trump, republicano de conveniencia, de 70 años, político amateur, hijo de un multimillonario especulador inmobiliario de Nueva York, protestante, que deja una política más polarizada que nunca, en medio de una pandemia mal controlada y una situación económica vulnerable. Trump —que ha dicho decenas de veces que no podía digerir ser derrotado por this guy, "este tío"— será el décimo presidente de la historia que sólo consigue un mandato. Biden, con Pensilvania, suma 273 votos electorales, tres más de los necesarios. Ha arrancado la presidencia a Trump en el mismo estado donde Trump la ganó en el 2016 a Hillary Clinton. Justicia poética.

Cuando la agencia Associated Press, hacia las 5:30 de la tarde de este sábado, ha atribuido a Biden los 20 votos electorales de Pensilvania aun no había acabado el recuento en otros tres estados: Georgia (16 votos electorales), Arizona (11) y Nevada (6). Daba igual. En aquel momento, el republicano perdía también el voto popular: 74,5 millones de votos sumaba Biden, cuatro millones más que Trump. Biden ha ganado Pensilvania por medio punto, poco más 30.000 votos, ganados en los antiguos distritos industriales del Este del estado, donde los demócratas sumaban ventajas de hasta el 50% no hace ni 20 años.

Biden, un demócrata clásico

Biden es un político del siglo XX, un demócrata clásico de barrio y sindicato. Se había presentado a las primarias demócratas a la presidencia en 1988 y 2008, sin éxito. Ha vencido a la antigua. Catenaccio y al contraataque, ha revertido Wisconsin, Michigan y Pensilvania, los estados del Rust Belt, el Cinturón del Óxido, la "muralla azul", el color de los demócratas, que Hillary Clinton perdió en 2016. Incluso ha mantenido Nevada a la clásica: gracias a la máquina electoral construida sobre el trabajo de base de los sindicatos de los trabajadores del juego y los hoteles de Las Vegas, Tahoe, etcétera.

A Trump lo han matado los mismos que lo encumbraron: los trabajadores blancos de clase media-baja que habían desertado del partido demócrata. Lo han retribuido por lo que prometió y no ha dado: revertir la crisis del acero, el carbón y las manufacturas y la deslocalización; sustituir la reforma de la seguridad social de Obama; detener la inmigración y protegerlos de la epidemia de los opiáceos. Peor, los ha dejado desprotegidos ante la covid-19. En 2016 ganó esos estados por poco más o menos de un punto porcentual. Fue un milagro, como sus promesas. En 2020 ha perdido igual. Ha perdido como perdió Hillary. Quien a hierro mata, a hierro muere.

El presidente electo ha prometido que será un uniter, no un divider. Tiene mucho trabajo por delante. Tendrá que curar las heridas que desangran a la sociedad americana desde hace años y que Trump ha sabido exacerbar a su favor con tanta irresponsabilidad como mala sangre. Hoy, en los Estados Unidos, llevar mascarilla o ir al lavabom son campo de batalla entre ideologías y creencias, sexos y razas. Las fronteras, siempre símbolo y señal de un país hecho de migrantes, ya no son puerta, son valla.

Las heridas de América

Estas heridas habrá de comenzar a cerrarlas la pareja Joe Biden y Kamala Harris. Las divisiones no tienen que ver sólo con ser republicano o demócrata, más o menos conservador, liberal o progre. Ahora es el uno por ciento contra el 99 por ciento. La grieta entre el mundo rural y el urbano, entre los centros y los suburbios metropolitanos. Los blancos que sospechan del resto de minorías que sospechan de los blancos. Los universitarios y los que se quedaron en secundaria. Los que disponen de seguro médico contra los que no. Los que dudan del cambio climático y los que lo aceptan. Los que viven de las pensiones en suburbios industriales desertificados por la deslocalización y los que trabajan en la industria tecnológica de Silicon Valley, en la investigación médica en Boston y Pittsburgh o en el turismo en Florida.

Trump ha sido un político perfecto para explotar estas vulnerabilidades, que ha sabido atribuir al enemigo exterior: los extranjeros presentes (los inmigrantes latinos), los ausentes (chinos, musulmanes...) y los enemigos locales (politicastros de Washington, empresas que deslocalizan, los periodistas, el establishment pijoprogre...). En noviembre del2016, la parte más frágil de la vieja coalición demócrata atravesó la línea. Lo votaron. Trump se llevó puestos Wisconsin, Michigan y Pensilvània. Esta semana ha perdido allí.

Ninguna de esas decadencias ha desaparecido estos últimos cuatro años —al contrario— pero aquellos a los que Trump había prometido un futuro como exdemócratas han vuelto para cobrarse la factura y lo han echado de la presidencia. Trump no ha hecho nada de nada para cumplir sus promesas más estimulantes para este público: el muro en la frontera Sur y sustituir la ley de la Seguridad Social de Obama. Si alguien va a engañarlos, que sean de los suyos, se han dicho. Ellos le dieron la Casa Blanca, ellos se o han quitado.

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