El mundo afronta una etapa de creciente inestabilidad marcada por el aumento de los conflictos armados, la expansión de las crisis políticas y un deterioro de diversos indicadores vinculados a los derechos humanos. Esta es la principal conclusión del último informe elaborado por la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), que dibuja un panorama internacional más convulso que el de hace una década.
El estudio identifica 40 conflictos armados activos durante el 2025, tres más que el año anterior, y registra 113 escenarios de tensión sociopolítica en todo el planeta, la cifra más elevada de los últimos diez años. Los investigadores advierten de que casi la mitad de las guerras analizadas experimentaron un empeoramiento durante el último año, una tendencia que consideran sintomática de las dificultades crecientes de la comunidad internacional para prevenir o contener las crisis.
¿Cuáles son los conflictos más graves y persistentes?
Entre los episodios que han contribuido a este aumento figuran nuevos focos de confrontación militar, como la escalada entre la India y Pakistán, las tensiones armadas entre Tailandia y Camboya o el conflicto que enfrentó a Israel, los Estados Unidos e Irán. Este último episodio, conocido popularmente como la "guerra de los 12 días", se convirtió en uno de los principales focos de preocupación internacional durante el 2025 y ha continuado generando tensiones durante este año.
El informe también señala que algunos de los conflictos más graves y persistentes continúan concentrándose en territorios que llevan años sufriendo inestabilidad. Es el caso de Sudán, Somalia, Haití, Myanmar, la Franja de Gaza o la guerra entre Rusia y Ucrania. A estas crisis se añade la degradación de la seguridad en diversas zonas del Sahel africano, una región que se ha consolidado como uno de los principales epicentros de violencia armada.
Por continentes, África continúa siendo el territorio con más guerras activas, con 17 conflictos armados registrados. Le siguen Asia y el Pacífico, con 12, y Oriente Medio, con siete. Europa y el continente americano registran dos conflictos armados cada uno, según los datos recogidos por el estudio.
¿Por qué hay tantos conflictos?
Los autores atribuyen este deterioro a una combinación de factores que incluyen la incapacidad de muchos actores internacionales para apostar por la prevención, la falta de mecanismos efectivos de resolución de disputas y las dificultades para abordar las causas profundas de numerosos conflictos. Según el informe, cada vez es más evidente la debilidad de los espacios de negociación y mediación ante el aumento de las dinámicas de confrontación.
El estudio dedica una atención especial a la situación de las mujeres en contextos de guerra. Coincidiendo con el vigésimo quinto aniversario de la resolución 1325 de las Naciones Unidas sobre mujeres, paz y seguridad, los investigadores alertan de un retroceso preocupante en materia de igualdad. Siete de cada diez conflictos armados de alta intensidad tienen lugar en países con niveles bajos o medios-bajos de igualdad de género.
Violencia sexual y desplazamientos forzosos
Esta realidad también se refleja en el aumento de la violencia sexual vinculada a los conflictos. Las Naciones Unidas documentaron más de 4.600 casos durante el 2024, un incremento del 25% respecto al año anterior. La inmensa mayoría de las víctimas fueron mujeres y niñas.
Las consecuencias humanitarias continúan siendo enormes. A mediados de 2025, más de 117 millones de personas se encontraban desplazadas forzosamente, ya fuese dentro de sus propios países o como refugiadas. A pesar de una ligera reducción respecto al año anterior, impulsada en parte por algunos retornos a Siria, Afganistán o Sudán, la cifra continúa situándose en niveles históricamente extraordinarios. Cinco países —Afganistán, Siria, Sudán, Ucrania y Venezuela— concentran casi dos tercios de toda la población refugiada del mundo.
Para la Escola de Cultura de Pau, estos datos apuntan a una conclusión clara: la conflictividad global no solo no retrocede, sino que continúa ampliándose en un contexto en que las herramientas diplomáticas parecen tener cada vez menos capacidad para frenarla.
