La nueva guerra en el Próximo Oriente todavía no ha provocado un impacto inmediato sobre la economía china, pero en Pekín ya se empiezan a notar las primeras consecuencias indirectas. El conflicto entre los Estados Unidos, Israel y el Irán llega en un momento delicado para la segunda economía del mundo, que intenta recuperarse de una etapa marcada por el bajo consumo interno, la crisis inmobiliaria y el elevado endeudamiento de las administraciones locales.
A corto plazo, China dispone de reservas energéticas suficientes para resistir varios meses sin grandes alteraciones. En caso necesario, también podría recurrir a Rusia, con quien mantiene una estrecha relación energética desde el inicio de la guerra de Ucrania. Pero la preocupación principal de las autoridades chinas es lo que puede pasar si el conflicto se alarga.
La guerra podría afectar rutas comerciales clave y el suministro de energía. El paso de petroleros por el estrecho de Ormuz —una de las arterias energéticas del planeta— es especialmente sensible. Si el tráfico marítimo continuara interrumpido durante semanas o meses, el impacto podría ser mucho más profundo.
Un momento económico delicado
La crisis llega justo cuando miles de delegados del Partido Comunista se reúnen en Pekín para definir las líneas maestras de la política económica de los próximos años. Esta semana el gobierno chino ya ha reducido el objetivo de crecimiento anual al nivel más bajo desde 1991. A pesar del impulso de sectores como la tecnología o las energías renovables, China aún depende fuertemente de las exportaciones y del comercio global. Esta estrategia, sin embargo, se ha complicado durante el último año a causa de la guerra comercial con Estados Unidos.
Ahora, la inestabilidad en Oriente Próximo amenaza otro pilar del modelo económico chino: la seguridad energética. La región no solo es una fuente esencial de petróleo para China, sino también un punto clave de sus rutas comerciales hacia Europa y África.
Una relación pragmática con Irán
Durante años, muchos analistas occidentales han considerado a Irán como un aliado natural de China. Las relaciones entre los dos países se han intensificado especialmente desde 2016, cuando el presidente Xi Jinping visitó Teherán. Poco después, los dos gobiernos firmaron un acuerdo estratégico de 25 años que preveía inversiones chinas por valor de 400.000 millones de dólares.
A cambio, Irán tenía que garantizar el suministro de petróleo a China. En 2025, según datos del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia, Pekín importó unos 1,38 millones de barriles diarios de crudo iraní, aproximadamente el 12% del total de sus importaciones.
Sin embargo, muchos analistas creen que la relación es mucho más pragmática que ideológica. Las inversiones chinas en Irán han sido muy inferiores a las promesas iniciales y la cooperación se ha basado sobre todo en intereses económicos.
Un aliado que no quiere entrar en guerra
A diferencia de Estados Unidos y sus aliados, China raramente establece alianzas militares formales o compromisos de defensa mutua. Por eso, a pesar de los vínculos con Teherán, Pekín no tiene ninguna intención de implicarse directamente en el conflicto.
La respuesta oficial ha sido previsible: condena de los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y llamada a un alto el fuego. El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, ha calificado de “inaceptable” el asesinato de un líder de un estado soberano y cualquier intento de provocar un cambio de régimen.
A pesar de esta posición crítica, la capacidad de influencia real de Pekín es limitada. Según varios analistas, el conflicto ha puesto de manifiesto que, a pesar de su peso económico global, China aún no puede competir con la capacidad militar de Estados Unidos para intervenir en diferentes regiones del mundo.
Entre la prudencia y la oportunidad
La guerra también llega en un momento diplomático sensible: el presidente estadounidense Donald Trump tiene previsto visitar China este mismo mes. Pekín ha evitado dirigir críticas directas contra el líder estadounidense, en un intento de mantener abierta la puerta al diálogo. Al mismo tiempo, la crisis ofrece a China una oportunidad para presentarse como un actor internacional más estable y previsible que Washington. Las autoridades chinas intentan reforzar la imagen de un país que apuesta por la mediación y la diplomacia.
Pekín ya ha anunciado que enviará un emisario especial a Oriente Próximo y ha iniciado contactos con varios gobiernos de la región. El objetivo es doble: contribuir a una posible negociación y, al mismo tiempo, reforzar su papel como actor global.
Sin embargo, detrás de la diplomacia china hay una preocupación clara. Un conflicto largo e imprevisible podría alterar el equilibrio económico global y afectar no solo los intereses de Pekín en Oriente Próximo, sino también sus ambiciones geopolíticas a escala mundial.