Israel vive días de guerra y política entrelazadas. A pesar de los ataques continuos con misiles desde Irán, que han causado al menos 15 muertos y centenares de heridos, el apoyo público al conflicto permanece casi intacto. Según encuestas del Israel Democracy Institute, más del 90% de los ciudadanos judíos aprueban la decisión de Netanyahu de confrontar a Teherán.
Escuelas cerradas, vuelos cancelados y alarmas constantes no parecen desanimar a la población, y más de la mitad de los entrevistados quiere que EE. UU. e Israel continúen bombardeando hasta derrocar al gobierno iraní. La unidad nacional es tan evidente que los políticos de la oposición han puesto en pausa la campaña electoral prevista para el otoño para apoyar la guerra.
Para Netanyahu, este conflicto es más que un asunto de seguridad: es una oportunidad para rehabilitar su imagen política. Después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, el primer ministro resistió caer en la presión para asumir responsabilidades por los errores de seguridad, mientras muchos otros cargos políticos y militares renunciaban. Analistas y ministros cercanos a Netanyahu han destacado que el golpe militar contra Irán podría ser su carta para persuadir a los votantes de reconsiderar su legado.
“La ruta hacia las urnas pasa por Washington y Teherán”, afirmaba un ministro antes del inicio de la guerra. El objetivo declarado de Netanyahu es neutralizar una “amenaza existencial” para Israel, y la mayoría de los ciudadanos israelíes parece aceptar esta justificación, aunque no todos cambien sus planes de voto.
Voces críticas en Israel
Sin embargo, dentro de Israel ya surgen voces críticas. Algunas provienen de ciudadanos palestinos y de opositores que han vivido de primera mano la violencia, como Jonathan Shamriz, que perdió a su hermano el 7 de octubre y decidió entrar en política para defender a familias afectadas. “No hay oposición real. Nadie pregunta cuándo terminará la guerra ni por qué hemos ido a ella”, lamenta Shamriz.
La guerra también ha cambiado la manera en que Israel es percibido internacionalmente. Mientras que en el interior hay un sentimiento de triunfo y unidad, fuera del país la cobertura mediática se centra en la escalada regional, el aumento del precio de la energía y la paralización de sectores económicos en el golfo Pérsico. Los ataques contra escuelas y civiles en Irán y Gaza han sido ampliamente documentados, generando alarma global, especialmente ante la posibilidad de que la campaña se presente como una lucha por los derechos de las mujeres, reminiscencia de Afganistán.
En el ámbito político, la guerra tiene implicaciones directas para Netanyahu. Su carrera, su legado e incluso su libertad personal podrían depender del resultado, ya que afronta un proceso judicial por corrupción. A pesar del apoyo a la guerra, algunos parlamentarios temen que el primer ministro utilice el conflicto para obtener ventajas personales, según Naama Lazimi, legisladora del partido centrista de izquierda.
Mientras tanto, el impacto sobre la relación con los EUA es clave. Si el conflicto se alarga y erosiona el apoyo norteamericano, los triunfos militares podrían tener un efecto limitado. Expertos advierten que una victoria corta podría convertirse en un coste político y diplomático a largo plazo, dejando a Israel aislado en una región cada vez más volátil.
En este contexto, la guerra con Irán es tanto una prueba militar como un examen político para Netanyahu, con un país dividido entre el miedo, la unidad nacional y las incertidumbres del futuro político de su primer ministro.
