La caída de Nicolás Maduro y las exigencias que Donald Trump está imponiendo al chavismo ha vuelto a poner en el foco el Helicoide, lo que durante décadas ha sido el símbolo de la represión política en Venezuela, y lo que el mismo presidente estadounidense definió como “una cámara de tortura en el corazón de Caracas”. Este edificio singular que fue originalmente concebido en los años 50 para ser el centro comercial más moderno y futurista de América, se convirtió en el centro de detención del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, documentado durante años como un edificio del terror, con denuncias generalizadas de abusos, torturas y violaciones de los derechos humanos contra los presos políticos, opositores, activistas, periodistas y cualquier persona que se opusiera al régimen chavista; un régimen que hizo de la tortura física y psicológica un instrumento de dominación política. Desde que se confirmó la excarcelación de ocho presos políticos -entre ellos cinco españoles - y el anuncio de la liberación de un número importante de ciudadanos venezolanos e internacionales -de la que no se conoce ni el número concreto ni la fecha- ha hecho que numerosos familiares se hayan concentrado a las puertas del Helicoide con la esperanza de poder reencontrarse con sus seres queridos.
El Helicoide podría tener los días contados por la presión de Estados Unidos para cerrarlo, y en las redes ya ha comenzado el debate de si el edificio debería ser derribado o si debería convertirse en el futuro en el memorial de la guerra del chavismo contra los venezolanos y en un memorial de sus asesinatos, torturas y violaciones de los derechos humanos. La incertidumbre que existe a estas alturas sobre el futuro de los más de 860 presos que aún se encuentran retenidos en este edificio ha llevado al Comité por la Libertad de los Presos Políticos a exigir información oficial y pública que permita conocer la situación real de lo que está pasando alrededor del Helicoide. Esta falta de información incrementa la ansiedad, la incertidumbre y las expectativas de las personas detenidas, así como de sus madres y familiares, aún más en un contexto en el que los presos políticos son amenazados, se encuentran incomunicados y con las visitas familiares suspendidas.
Lo que se conoce del Helicoide es lo que explican los presos que han pasado por este centro de detención y tortura de Venezuela, y uno de los más temidos de América, que han explicado sus experiencias en condiciones extremas de confinamiento, con celdas diminutas, sin luz ni agua corriente, sometidos a aislamientos prolongados. Testimonios recopilados por ONGs y la ONU lo han descrito como un infierno en la tierra, con prácticas vejatorias y torturas que incluyen golpes, descargas eléctricas, asfixia con bolsas de heces, violencia sexual, colgamiento de los detenidos de las extremidades, denegación de atención médica y sin contacto con el exterior.
Pero el temido Helicoide es también la historia de un edificio que es el reflejo de la transformación política y social que ha sufrido Venezuela desde la década de los años 50 hasta nuestros días. Un edificio en espiral con una superficie total de 101.940 metros cuadrados que fue construido en 1956 bajo la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, el Helicoide pretendía ser el símbolo de una Venezuela moderna y rica, en pleno boom del petróleo, el centro comercial más grande y lujoso de América Latina, con rampas helicoidales excavadas en la Roca Tarpeya y un diseño modernista exhibido en el MoMA en 1961. Iba a ser un drive-through mall revolucionario, con rampas de cuatro kilómetros que se pudiera recorrer en coche; con 300 tiendas, un hotel de 5 estrellas, cines, helipuerto y toda clase de lujos. Pero con la caída del régimen de Pérez Jiménez (1958) y la quiebra de la constructora paralizaron en 1961, y el edificio quedó abandonado y posteriormente ocupado como refugio improvisado hasta los años 80. El Estado intentó convertirlo en un Museo Nacional de Historia y Antropología, y se instaló la famosa cúpula de Buckminster Fuller en 1982, pero hacia 1985 se instaló en el edificio la policía política (DISIP), se tapiaron los espacios comerciales para hacer oficinas y celdas, y en 2010 Hugo Chávez lo convirtió en la sede principal de SEBIN y transformó el edificio en el centro de detención de los horrores del chavismo, construyendo celdas sistemáticamente, que tienen nombres como Preventiva I-V (las celdas para los que acaban de entrar, el Infiernito, Guarimbero -donde se recluían los opositores al régimen, o Guantánamo, para los detenidos por causas no políticas.
El interior del edificio es laberíntico, se encuentra completamente deteriorado. Las plantas inferiores sirven como celdas improvisadas en zonas en ruinas con escombros, suciedad, paredes repletas de graffitis, un ambiente claustrofóbico y una humedad extrema, mientras que los niveles superiores albergan oficinas del SEBIN y una cúpula geodésica de aluminio dañada por los bombardeos de 1992. Rampas para vehículos muy pronunciadas y ascensores inclinados facilitan el desplazamiento, pero el abandono deja espacios como un zigurat de hormigón armado con vistas a los barrios pobres de los alrededores.
