En abril de 2015, un correo electrónico enviado desde la alta banca suiza puso a Mallorca en el radar de Jeffrey Epstein. Ariane de Rothschild, directora del banco privado Edmond de Rothschild, advertía al financiero norteamericano de la salida al mercado de una finca excepcional: S’Estaca, en Valldemossa, antigua propiedad de Michael Douglas. “Una de las casas más bellas del Mediterráneo”, escribía. Cien hectáreas, viñedos, vistas a la Tramuntana y, sobre todo, discreción absoluta. El precio: 50 millones de euros.
Los miles de documentos que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha hecho públicos recientemente dibujan con más precisión el interés sostenido de Epstein por establecer una base estable en el Estado español. No era una simple inversión inmobiliaria. El magnate buscaba replicar en el Mediterráneo la estructura que ya tenía en Palm Beach (Florida): una mansión blindada, lejos de miradas indiscretas, desde donde articular su red de explotación de menores.
En aquel momento, Epstein ya tenía una operativa consolidada en España. Barcelona actuaba como centro logístico –se alojaba a menudo en hoteles de lujo frente al mar– mientras que Ibiza se había convertido en un espacio idóneo para captar jóvenes, muchas vinculadas al mundo de la moda. Según la documentación, uno de sus intermediarios habituales era un empresario francoargelino llamado Daniel Siad, que le facilitaba contactos y encuentros en la isla
Ibiza, también en el punto de mira
La búsqueda de propiedades no se limitó a Mallorca. En 2018, Epstein intercambió correos con el multimillonario canadiense Guy Laliberté, cofundador del Cirque du Soleil, interesado en vender dos villas de lujo en Ibiza: Can Soleil y Can Luna. Laliberté, que aseguraba haber dedicado “tiempo y amor” a las fincas, se mostraba dispuesto a traspasarlas a alguien que las cuidara. El precio no era menor: cerca de 50 millones por la primera y más de 14 por la segunda, con posibilidad también de alquiler semanal por cantidades que llegaban a los 130.000 euros en temporada alta.
En los intercambios electrónicos, la pareja de Epstein, Karyna Shuliak, calificaba las propiedades de “preciosas”. Pero más allá de la estética, lo que seducía al financiero era el potencial de Ibiza como entorno de captación y anonimato. En uno de los mensajes recuperados, Epstein preguntaba si había encontrado “algo mono” para él en la isla. En otro, se le proponía unirse a una casa donde había “ocho chicas guapísimas”. El tono banal de los correos contrasta con la gravedad del trasfondo.
Su obsesión por encontrar enclaves exclusivos se extendía más allá del Estado. Suscribía portales internacionales de subastas de lujo con ofertas en Marbella, Barcelona o Andalucía, e incluso puso los ojos en Marruecos. Fascinado por la Alhambra desde principios de los 2000, estudió la adquisición de un palacio en la Palmeraie de Marrakech, construido a imagen del monumento nazarí, con jardines andalusíes, cipreses y decenas de fuentes.
El patrón se repite: propiedades monumentales, entornos cerrados, privacidad garantizada. Espacios concebidos para la ostentación, pero también para el aislamiento. La geografía del lujo al servicio de una red criminal que buscaba expandirse bajo el sol del Mediterráneo.
