La nueva ofensiva de los Estados Unidos contra los países que suministran petróleo a Cuba ha vuelto a poner la isla en el centro de un tablero geopolítico tenso y frágil. Washington amenaza con aranceles y represalias comerciales a aquellos gobiernos que ayuden a La Habana a esquivar la asfixia energética, y todas las miradas apuntan a México, socio histórico y aliado incómodo para la Casa Blanca. En paralelo, la falta de combustible ha provocado la suspensión temporal de todos los vuelos desde Canadá, el principal mercado turístico de Cuba. Sin petróleo y sin turistas, la economía cubana afronta uno de los momentos más delicados de las últimas décadas.
La oferta energética no es un episodio aislado, sino el último capítulo de una relación conflictiva que dura más de sesenta años. A principios de año, la Administración norteamericana endureció las sanciones y advirtió que penalizaría a los países que vendan crudo a la isla. Esta presión llega después de la interrupción del flujo de petróleo venezolano –que cubría una parte sustancial de las necesidades energéticas cubanas– y en un momento en que Rusia y México también han reducido o parado envíos. Sin barcos petroleros atracando en sus puertos desde hace semanas, Cuba solo puede cubrir una fracción de su consumo con producción propia
Las consecuencias son visibles en la vida cotidiana: apagones cada vez más largos, gasolineras cerradas y servicios públicos funcionando bajo mínimos. Hospitales, transportes y oficinas estatales han tenido que ajustar horarios y recursos, mientras el gobierno anuncia planes de emergencia para resistir sin importaciones regulares de combustible. Todo ello en una economía que ya arrastraba una contracción acumulada importante, inflación elevada y escasez de productos básicos.
México, una relación que viene de lejos
En este escenario, el papel de México es clave. La relación entre ambos países no se puede entender solo en términos energéticos, sino como una alianza tejida a lo largo de la historia. Desde la época colonial, cuando ambos territorios formaban parte del Imperio español, hasta el reconocimiento mexicano de la independencia cubana en 1902, los vínculos han sido constantes. Pero fue con la Revolución de 1959 cuando la relación adquirió un carácter simbólico y político singular.
México no solo fue el primer país en reconocer al nuevo gobierno revolucionario, sino que antes había ofrecido refugio a sus líderes. Fidel Castro y Ernesto Che Guevara prepararon desde territorio mexicano la expedición que acabaría derrocando a Fulgencio Batista. Aquel apoyo inicial consolidó una complicidad que, con el tiempo, se tradujo en una política exterior sostenida: México fue el único país de la Organización de Estados Americanos que no rompió relaciones con La Habana en 1962 y ha evitado secundar el embargo en los foros internacionales.
A pesar de los cambios de gobierno y de orientación ideológica en Ciudad de México, esta línea se ha mantenido con matices pero sin rupturas. Tanto administraciones conservadoras como progresistas han defendido una relación “estratégica” con Cuba, amparándose en la tradición mexicana de no intervención y cooperación. En los últimos años, el envío de petróleo en condiciones preferentes y de ayuda humanitaria –como las más de 800 toneladas de alimentos anunciadas recientemente– ha reforzado esta continuidad, a pesar del riesgo de chocar frontalmente con Washington
El golpe de Canadá: turismo en suspenso
Si el petróleo es el sistema circulatorio de la economía cubana, el turismo es uno de sus principales pulmones. Y aquí el golpe ha sido inmediato. La suspensión temporal de todos los vuelos comerciales desde Canadá –que aporta más del 40% de los visitantes internacionales– deja la isla en una posición extremadamente vulnerable. Las principales aerolíneas canadienses han cancelado más de un centenar de vuelos semanales en plena temporada alta de invierno, alegando la imposibilidad de garantizar combustible para las operaciones
La decisión ha obligado a organizar vuelos especiales para repatriar miles de turistas que ya se encontraban en la isla. Paralelamente, el gobierno canadiense ha actualizado sus recomendaciones de viaje, advirtiendo sobre apagones, escasez de suministros y una situación “imprevisible” que podría afectar la disponibilidad de vuelos a corto plazo. El contraste con otras compañías, principalmente europeas y latinoamericanas, que han optado por hacer escalas técnicas o cargar más combustible en origen para mantener rutas, evidencia hasta qué punto la crisis es también una cuestión de cálculo empresarial y riesgo reputacional.
Las cifras ilustran el impacto potencial: el año pasado, Cuba recibió 1,8 millones de turistas, el peor registro en décadas si se excluye la pandemia, y más de 750.000 eran canadienses. La desaparición temporal de este mercado podría comportar una caída drástica de los ingresos turísticos, con efectos directos sobre el PIB y las exportaciones de servicios. En un país donde el turismo es fuente esencial de divisas, la pérdida de este flujo amenaza con acelerar una espiral de contracción económica.
Así, entre la presión norteamericana, la lealtad calculada de México y la retirada súbita de Canadá, Cuba se encuentra atrapada en una encrucijada decisiva. Lo que está en juego no es solo su capacidad de importar petróleo o de llenar hoteles, sino la resistencia de un modelo económico y político sometido a una tensión extrema. El margen de maniobra se estrecha, y cada decisión exterior –en Washington, Ciudad de México o Ottawa– tiene repercusiones inmediatas en las calles de La Habana.