¿Quién dice que perder una amistad no duele? ¿Por qué se habla tan poco de una relación de amistad rota? Hay libros que no solo cuentan una historia, sino que trabajan el lenguaje como si fuera materia viva. Pleibak, de Miren Amuriza, y traducido al español y catalán, se inscribe en esta categoría: una novela que convierte la forma de contar en parte esencial de lo que se cuenta. El resultado es un relato intenso sobre la ruptura de una amistad adolescente, pero también un ejercicio consciente de deformación y tensión del lenguaje.
La historia gira alrededor de Jone y Polly, dos amigas inseparables durante la infancia que, con el paso del tiempo, acaban convertidas en desconocidas. Lo que podría ser un relato lineal de pérdida se transforma en un monólogo fragmentado, visceral y retroactivo, en el que Jone se dirige a Polly desde una mezcla de enfado, nostalgia y necesidad de reconstrucción. La memoria no aparece como relato ordenado, sino como una sucesión de golpes emocionales, recuerdos y fisuras.
Amuriza explicaba en una entrevista en Orain que el punto de partida del libro no fue una trama, sino el deseo de experimentar con el lenguaje. Esta voluntad es clave para entender la novela: la autora habla de un “idioma corroído por la roña”, un registro trabajado hasta el límite para dar forma a una oralidad juvenil concreta. Esta decisión no es ornamental, sino estructural: el lenguaje no describe a los personajes, sino que los construye.
Ambientada en Euskal Herria de los años noventa y principios de los 2000, la novela despliega un universo reconocible para toda una generación: institutos, polígonos, moteles de carretera, referencias televisivas y musicales que funcionan como tejido emocional compartido. Pero Amuriza evita la nostalgia fácil. Tal como comenta en Orain, no se trata de construir una adolescencia edulcorada, sino de retratarla con toda su intensidad, contradicciones y dureza.
Uno de los elementos más destacados del libro es precisamente la manera en que trata la ruptura de una amistad. La autora defiende que este es un terreno poco explorado literariamente, a pesar de que universal: todo el mundo ha vivido, antes o después, la ruptura de un vínculo importante. En este sentido, Pleibac amplía el campo habitual de la narrativa emocional, que a menudo se ha centrado más en las relaciones amorosas que en las amistades perdidas.
La novela también se construye desde una tensión constante entre lo local y lo universal. Amuriza insiste en que no escribe para representar una generación, sino para partir de un caso concreto y preciso. Es justamente esta concreción —una chica, un pueblo, un momento histórico determinado— la que permite que el relato se proyecte más allá de su contexto inmediato. La universalidad, aquí, no es abstracta, sino que emerge del detalle.
Desde el punto de vista formal, la decisión de "ensuciar" el lenguaje es uno de los grandes aciertos del libro. La autora defiende en la entrevista a Orain una cierta flexibilidad léxica y una fidelidad a la oralidad, con formas adaptadas al habla real, mientras mantiene una sintaxis muy trabajada. Este equilibrio entre libertad y control da al texto una energía propia, que oscila entre el pensamiento inmediato y la construcción literaria.
Pleibac es, en definitiva, una novela sobre el recuerdo, pero sobre todo sobre la imposibilidad de cerrar del todo el pasado. Una obra que explora cómo las amistades también pueden ser espacios de pérdida, idealización y dolor, y que lo hace desde una apuesta formal valiente, consciente y radicalmente contemporánea.