Yuto llegó a Madrid desde Japón hace varios años y todavía recuerda el impacto cultural que sintió en sus primeras semanas. No fue el idioma ni la comida lo que más le sorprendió, que también, sino una costumbre tan cotidiana en España como lo es el contacto físico entre las personas: “Cuando llegué me daban miedo los abrazos de la gente”, reconoce al explicar cómo vivió ese choque cultural tan inesperado.
En Japón, las muestras de afecto físico en espacios públicos no son nada habituales. El saludo tradicional es la reverencia y el contacto corporal con personas que no pertenecen al círculo íntimo es limitado y visto como una intromisión al espacio personal de cada uno. Para alguien que ha crecido en ese contexto, encontrarse con abrazos espontáneos, besos en la mejilla o palmadas en la espalda puede resultar desconcertante y a veces incluso violento. Yuto no entendía por qué alguien que acababa de conocer le abrazaba. Y es que admite que al principio se sentía incómodo y tenso por esa realidad tan española.
Un choque cultural inesperado
La diferencia no es solo una cuestión de costumbre, sino de percepción. En Japón, mantener cierta distancia física es una forma de respeto. El espacio personal es importante y romperlo sin previo aviso puede interpretarse como invasivo y poco respetuoso. Por eso, cuando Yuto empezó a relacionarse con compañeros de trabajo y nuevos amigos en Madrid, las muestras de cercanía le parecieron excesivas para sus estándares japoneses.
Le parecía algo violento, aunque ahora sabe que no lo era. La intención afectuosa chocaba con su marco cultural, generándole una sensación de incomodidad difícil de explicar. Durante los primeros meses, lo mejor podría ser dar la mano o inclinar la cabeza, evitando acercarse y propiciar un abrazo que genere una situación demasiado tensa.
Adaptación y aprendizaje mutuo
Con el tiempo, Yuto ha ido entendiendo que en España el contacto físico forma parte del lenguaje social. Los abrazos no implican invasión, sino cercanía y confianza. Aun así, reconoce que sigue necesitando cierto espacio y que prefiere avisar cuando algo le incomoda.
Su experiencia refleja las dificultades que pueden enfrentar quienes llegan desde culturas donde el contacto físico es limitado. La adaptación no solo pasa por aprender un idioma o encontrar trabajo, sino también por comprender códigos sociales distintos. Ahora ya no le asustan, pero acostumbrarse no es nada sencillo. Su testimonio evidencia cómo gestos cotidianos pueden convertirse en un desafío cultural para quienes cruzan fronteras.
