Paula y Carla, dos estudiantes universitarias en Barcelona, se han convertido en el reflejo de una generación atrapada entre los precios abusivos del alquiler y un transporte público saturado. “Hacemos cuatro horas de tren al día porque no podemos pagar una habitación”, explican con resignación. Su historia no es una excepción, sino una realidad cada vez más habitual entre jóvenes que quieren estudiar en la capital catalana sin arruinarse en el intento.
Paula estudia en una universidad de Barcelona y reconoce que su deseo siempre ha sido vivir cerca del campus. Sin embargo, los precios del mercado lo han hecho imposible. Ante esta situación, se ha visto obligada a seguir viviendo fuera de la ciudad, lo que implica un mínimo de una hora y media de trayecto por sentido cada día para poder llegar a clase.
Alquileres imposibles incluso para quienes trabajan
La situación no mejora demasiado para quienes sí logran instalarse en Barcelona. Paula apunta que incluso compañeros que trabajan a tiempo parcial o reciben ayuda familiar tienen serias dificultades para asumir alquileres que superan con facilidad los 500 o 600 euros por una habitación. No hablamos de pisos completos, sino de una sola habitación.

Carla vive una realidad muy similar. También estudia en Barcelona y, como Paula, ha tenido que renunciar a la idea de residir en la ciudad. En su caso, el trayecto diario en transporte público se suma al coste económico del abono y al desgaste físico. Entre ida y vuelta pierden casi cuatro horas al día, pero es la única opción asequible para seguir estudiando.
Cuatro horas de tren y retrasos constantes
A este problema estructural se suma otro factor que agrava aún más la situación como lo es el funcionamiento del transporte público. Ambas estudiantes coinciden en señalar que los trenes suelen ir con retraso, lo que incrementa la incertidumbre y el estrés diario. El impacto no es solo académico. Ya que el cansancio acumulado afecta al rendimiento y a la vida personal. La jornada empieza de madrugada y termina entrada la noche, una rutina que se repite de lunes a viernes.
El caso de Paula y Carla pone de relieve una realidad cada vez más extendida en Barcelona: el acceso a la vivienda se ha convertido en una barrera para el derecho a la educación. Mientras los alquileres siguen subiendo y las habitaciones se convierten en un lujo, cientos de estudiantes sacrifican horas de su vida en trenes saturados para poder seguir formándose. La situación plantea un debate de fondo sobre vivienda, transporte y oportunidades.