Patricia Ramírez, psicóloga, sobre el estrés: “Lo que normalmente queremos meter en un día no suele caber”

Terminar de trabajar, hacer la compra, atender a la familia, recoger la casa y encontrar un rato para hacer ejercicio. La lista puede seguir creciendo mientras las horas disponibles siguen siendo las mismas. Patricia Ramírez puso palabras a esa contradicción en una entrevista con El HuffPost: “Todo lo que normalmente queremos meter en un día no suele caber”. Presentaba entonces su libro Cómo tener tiempo para todo.

Su reflexión plantea una pregunta que conviene hacerse antes de reorganizar otra vez la agenda sobre cuánto de lo que hemos apuntado es realmente asumible. Una tarde de tres horas no puede contener cuatro horas de obligaciones, aunque cada tarea parezca pequeña por separado. Además, entre una actividad y otra hay desplazamientos, preparativos y esperas. Cuando esos tiempos desaparecen del cálculo, el día empieza con un retraso que resulta difícil recuperar después.

Mirar dónde se va el tiempo

En este sentido, la psicóloga propone un ejercicio concreto y que consiste en registrar durante una semana las actividades que realizamos. Ponerlas por escrito permite comprobar cuánto tiempo ocupan y detectar diferencias entre lo que creemos hacer y lo que hacemos. El objetivo es disponer de una imagen más clara antes de decidir qué cambiar, en lugar de añadir nuevas rutinas sobre una jornada ya llena.

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De esta manera, también resulta más fácil reconocer qué hábitos pueden ceder espacio. Ramírez pone como ejemplo intercambiar una hora de redes sociales por lectura, deporte o meditación. Esa sustitución exige elegir: incorporar una actividad implica reservarle tiempo y renunciar a otra. La propuesta puede adaptarse a cada persona, porque lo que para alguien es una distracción para otro puede ser una forma importante de relacionarse o descansar.

Una agenda que refleje las prioridades

Otro de sus consejos consiste en establecer prioridades y trasladarlas a la agenda. La organización sirve para recordar compromisos y reservar espacio a aquello que consideramos importante. Si queremos caminar por la tarde, por ejemplo, conviene comprobar cuándo podemos hacerlo y qué necesitamos dejar resuelto antes. Es más concreto que confiar en encontrar un hueco cuando hayan terminado todas las demás obligaciones, especialmente si cada día aparecen asuntos nuevos.

Así pues, revisar la jornada puede empezar por una cuenta sencilla: qué tenemos que hacer, cuánto tarda y qué margen queda. Algunas responsabilidades serán difíciles de mover y otras podrán repartirse o aplazarse. Reconocer esos límites permite plantear un día más realista, con espacio para los imprevistos y para parar.