El sector de la construcción ya no es lo que era y quienes lo conocen desde dentro lo dicen sin rodeos. Pascual, propietario de una pequeña constructora, cuenta el cambio radical que ha vivido el oficio en los últimos años. Donde antes había salarios altos, margen y proyección económica, ahora hay contención, ajustes y una realidad mucho más dura para empresarios y trabajadores. La comparación con los años previos a la crisis del ladrillo es inevitable y, según explica, demoledora.
Durante los años de bonanza, trabajar en la construcción podía suponer ingresos mensuales cercanos a los 3.000 euros, especialmente para perfiles con experiencia que iban progresando dentro de la empresa. Había obra, había rotación constante y los márgenes permitían pagar bien. Hoy, ese escenario ha desaparecido casi por completo. Pascual reconoce que, en el contexto actual, ganar 1.600 euros al mes ya se considera aceptable, algo impensable hace apenas quince años.
El desplome de los márgenes tras la crisis del ladrillo
Muchas empresas desaparecieron y las que sobrevivieron lo hicieron a costa de reducir estructura, costes y salarios. Según Pascual, el gran problema es que los márgenes se han estrechado hasta el límite. El precio de los materiales ha subido, la presión fiscal es mayor y los plazos de pago se han alargado, dejando poco margen para mejorar las nóminas.

Además, la competencia es feroz. Para conseguir obras, las constructoras se ven obligadas a ajustar precios al máximo, lo que repercute directamente en lo que se puede pagar a los trabajadores. Antes había dinero circulando, ahora todo está mucho más caro. El resultado es un sector donde se trabaja igual o más, pero se gana bastante menos.
Un cambio estructural que ya no tiene marcha atrás
Para el empresario, el problema no es coyuntural, sino estructural. La construcción ya no es ese ascensor social que fue durante décadas. Hoy, incluso con experiencia y responsabilidad, los sueldos están muy lejos de aquellos 3.000 euros mensuales que se llegaron a normalizar. Y no hay perspectivas claras de que esa situación vuelva.
A esto se suma una mayor regulación, más costes laborales indirectos y una presión constante para cumplir plazos cada vez más ajustados. Pascual reconoce que muchos trabajadores han tenido que rebajar expectativas salariales para no quedarse fuera del mercado laboral. “Ahora nos conformamos con llegar a fin de mes”, resume con crudeza.