Marc Giró ha explicado con humor una relación con su padre que durante años estuvo marcada por la distancia. En su casa, leer no era una afición opcional, sino casi una obligación cultural. No hacerlo estaba mal visto y, desde muy pequeño, sentía que debía responder a unas expectativas lectoras que le quedaban demasiado grandes.
Su padre apenas le dirigía la palabra, salvo para hacerle siempre la misma pregunta: si ya había leído a Josep Pla. Giró recuerda que tenía siete u ocho años cuando empezó aquella insistencia y que, evidentemente, estaba muy lejos de interesarse por el escritor. La escena se repitió durante años hasta convertirse en una especie de contraseña familiar.
Josep Pla terminó siendo el puente con su padre
Giró ha reconocido que leer le costó muchísimo. La presión familiar no ayudaba, pero con el tiempo consiguió aficionarse a los libros y descubrir autores que sí le despertaban curiosidad. En su entorno, la cultura ocupaba un espacio central y la lectura se asociaba casi directamente con la formación, la conversación y la manera de entender el mundo.

El giro llegó cuando finalmente leyó a Josep Pla y decidió comunicárselo a su padre. Según cuenta, fue entonces cuando empezó realmente a hablar con él, alrededor de los 26 años. La anécdota culminó con una respuesta tan absurda como dolorosa: su padre bromeó preguntando quién estaba hablando porque casi no reconocía la voz de su propio hijo.
Leer para sentirse querido
Giró cuenta todo esto con un sentido del humor extremo, pero detrás de la exageración aparece una idea mucho más seria. Durante años asoció la lectura con la posibilidad de conseguir aprobación paterna. Él mismo lo resume diciendo que lee para que sus padres lo quieran, una frase pronunciada entre risas que refleja cómo algunas exigencias familiares terminan convirtiéndose en motores emocionales.
Con el tiempo, la obligación se transformó en una afición real. Hoy dirige un club de lectura y habla constantemente de libros, aunque recuerda que llegar hasta ahí no fue sencillo. La historia con su padre muestra cómo una expectativa cultural puede convertirse al mismo tiempo en herida y herencia. Giró acabó leyendo a Pla, consiguió abrir una conversación que había tardado décadas en llegar y terminó incorporando la literatura a su identidad. Lo que durante la infancia sintió como presión se convirtió después en una parte central de su vida profesional y personal.