Marc Gasol ha recordado una de las decisiones más curiosas de sus primeros años en el Barça. Cuando el club quiso incorporarlo en 2003, después de verlo entrenar y jugar en verano, su padre, Agustí Gasol, aceptó la propuesta con una condición inesperada, ya que Marc debía comenzar sin cobrar. La idea no era castigarle, sino proteger su futuro y poner a prueba sus verdaderas motivaciones.
“Empecé jugando gratis en el Barcelona porque mi padre me lo pidió”, explicó años después. Agustí tenía dos razones. La primera era evitar que su hijo adquiriera condición profesional y perdiera la posibilidad de competir más adelante en la liga universitaria de Estados Unidos. La segunda era todavía más personal: quería comprobar que Marc jugaba porque amaba el baloncesto y no porque empezara a recibir dinero.
Su padre quería mantener abierta la puerta de Estados Unidos
Durante los dos años anteriores, Marc había vivido en Memphis después de que toda la familia se trasladara a Estados Unidos tras el fichaje de Pau por los Grizzlies. Allí jugó en el Lausanne Collegiate School y mantuvo abierta la posibilidad de continuar su formación en una universidad estadounidense. Cobrar del Barça podía cerrar esa puerta antes de que supiera realmente qué camino quería seguir.
Su padre prefirió mantener todas las opciones abiertas. Marc debía entrenar, competir y demostrar que estaba dispuesto a asumir el esfuerzo aunque no existiera una recompensa económica inmediata. El joven pívot terminó compaginando el primer y el segundo equipo azulgrana, aceptando un escenario que hoy resulta difícil de imaginar para alguien que acabaría convirtiéndose en campeón de la NBA y referente del baloncesto español.
Jugar gratis también fue una prueba de carácter
La decisión también funcionó como una prueba de carácter. Marc vivía inevitablemente bajo la comparación con Pau, que ya había dado el salto a la NBA, y necesitaba construir una trayectoria propia. Jugar gratis eliminaba cualquier comodidad: si quería quedarse, debía hacerlo por convicción, soportar pocos minutos y convencer a los entrenadores de que tenía sitio por méritos propios.
Aquella etapa terminó siendo decisiva. Marc permaneció en el Barça entre 2003 y 2006, después explotó en Girona y construyó una carrera extraordinaria en Memphis y Toronto. La condición de su padre pudo parecer extraña, pero consiguió lo que buscaba: conservar la opción universitaria y obligar a su hijo a comprobar cuánto deseaba jugar. Antes de los contratos millonarios, los títulos y la NBA, Marc aprendió que el baloncesto tenía que sostenerse primero sobre una razón más sencilla: hacerlo porque le gustaba.
