Tener un segundo hijo puede despertar una preocupación que muchos padres no siempre reconocen en voz alta: pensar que nunca podrán quererlo tanto como al primero. La psiquiatra infantojuvenil Lucía Torres ha explicado que este miedo es más frecuente de lo que parece y que tiene mucho que ver con la intensidad emocional que acompaña al nacimiento del primogénito. El primer hijo transforma por completo la vida familiar y concentra muchas expectativas, inseguridades y aprendizajes.
"Muchos padres creen que no van a querer tanto al segundo hijo como al primero", señala Torres. La sensación puede aparecer porque el vínculo con el primogénito ya está construido y porque los padres han vivido con él todas las primeras veces. Sin embargo, la especialista insiste en que cada hijo ocupa un lugar distinto y que el afecto no funciona como una cantidad limitada que deba repartirse.
El primer hijo concentra muchas más expectativas
Según Torres, el primogénito suele convertirse en el receptor de muchas de las expectativas que los padres tienen sobre la crianza. Con él llegan las primeras dudas, los primeros miedos y también una necesidad mucho mayor de hacerlo todo bien. Por eso, sobre el primer hijo pueden recaer más exigencias relacionadas con el comportamiento, los estudios o la responsabilidad.

Cuando llega un segundo hijo, los adultos ya conocen mejor sus propios límites y también han aprendido que no todo depende de ellos. Han pasado por noches sin dormir, enfermedades, rabietas y decisiones que con el primer hijo parecían enormes. Esa experiencia puede hacer que la crianza sea algo más flexible y que determinadas situaciones se vivan con menos ansiedad.
Querer de manera diferente no significa querer menos
La relación con el segundo hijo no tiene por qué reproducir exactamente la que existe con el primero. Cada niño llega en un momento distinto de la familia y encuentra a unos padres diferentes, con más experiencia, otras preocupaciones y una forma distinta de afrontar los problemas cotidianos.
Por eso, Torres plantea que el miedo a “no querer igual” parte de una comparación que puede generar presión innecesaria. El vínculo puede sentirse diferente sin ser menos intenso. La llegada de otro hijo no divide necesariamente el cariño existente, sino que obliga a construir una nueva relación. Para muchos padres, descubrirlo forma parte del propio proceso de ampliar la familia.