Judit Mascó ha recordado su infancia como una etapa divertida, inquieta y marcada por una circunstancia muy particular, ya que sus padres eran maestros y, además, directores del colegio en el que estudiaba. Aquello podía parecer una ventaja, pero para ella terminó siendo incómodo. No quería que nadie la identificara únicamente como “la hija de”, y esa sensación condicionó buena parte de sus primeros años escolares.
“He sido gamberrita, pero muy mesurada”, ha explicado. Le gustaba hacer travesuras, probar límites y, como ella misma dice, “tirar la piedra y esconder la mano”. El problema era que los castigos habituales perdían eficacia. Cuando algún profesor amenazaba con enviarla al despacho del director, Judit sabía perfectamente quién estaba allí: su propio padre.
Ser la hija del director no era ninguna ventaja
La situación acabó convirtiéndose en un pequeño conflicto cotidiano. Los profesores tenían dificultades para imponer ciertos castigos y ella sentía que cualquier comportamiento podía interpretarse de manera distinta por el cargo de sus padres. En lugar de disfrutar de un privilegio, empezó a percibir que su identidad dentro de la escuela estaba demasiado ligada a su familia.

Mascó ha contado que aquella dinámica terminó provocando un cambio de centro al cabo de tres años. No quería seguir creciendo bajo la mirada de quienes conocían a sus padres antes que a ella. Necesitaba un espacio donde poder equivocarse, hacer amigos, recibir una reprimenda o destacar por cualquier motivo sin que todo pasara por el filtro de ser hija de los responsables del colegio.
Una rebeldía pequeña, pero muy consciente
La modelo recuerda aquellas travesuras con humor porque nunca se consideró una niña especialmente conflictiva. Su rebeldía era controlada, más cercana a la picardía que a la confrontación. Le gustaba comprobar hasta dónde podía llegar, pero también sabía cuándo detenerse. Esa mezcla de curiosidad y prudencia terminó formando parte de su carácter.
Con los años, Judit Mascó ha entendido mejor aquella incomodidad. Tener a sus padres tan presentes en el mismo espacio escolar hacía difícil construir una identidad propia. Cambiar de colegio le permitió separar la familia de la vida académica y sentirse una alumna más. La anécdota de los castigos resume bien aquella etapa: cuando la mandaban al despacho del director, la amenaza perdía todo efecto porque al otro lado de la puerta estaba su padre. Lo que para otros podía parecer una ventaja, para ella era precisamente lo que quería dejar atrás y empezar a descubrir quién era ella misma lejos de cualquier comparación, etiqueta familiar o privilegio.