Jordi Roca no empezó su carrera directamente entre postres, chocolate y creaciones de alta cocina. Antes de convertirse en uno de los pasteleros más reconocidos del mundo, tuvo que pasar por otras tareas dentro del restaurante familiar. "Con 18 años fui camarero; yo quería ser pastelero", ha explicado al recordar unos inicios bastante distintos a la imagen con la que hoy se le identifica.
Aquella etapa le obligó a conocer el restaurante desde otra perspectiva. Antes de centrarse en la parte dulce, Jordi tuvo contacto directo con los clientes, con el ritmo de sala y con todo lo que ocurre fuera de la cocina. No era exactamente lo que quería hacer, pero terminó formando parte de un aprendizaje que le permitió entender el negocio de una manera mucho más completa.
Antes de los postres, tocó aprender desde la sala
Trabajar como camarero significaba estar pendiente de tiempos, mesas, necesidades de los clientes y coordinación con cocina. Para alguien que soñaba con dedicarse a la pastelería, podía parecer un desvío, pero también fue una manera de comprender cómo se vive un plato desde el otro lado.
Esa experiencia le dio una sensibilidad distinta por todo lo que es la restauración. Un postre no se sirve aislado, llega al final de una comida, después de muchas decisiones previas, y tiene que encajar con el ritmo y la experiencia general del cliente.
La vocación acabó imponiéndose
Con el tiempo, Jordi encontró su lugar en la pastelería y terminó desarrollando un lenguaje propio dentro de El Celler de Can Roca. Su carrera se construyó alrededor de la creatividad, el juego con aromas, texturas y recuerdos, pero antes de todo eso hubo una etapa en la que tuvo que aprender tareas que no había elegido. Ese recorrido también explica una forma de entender el oficio muy ligada a la paciencia. No siempre se empieza exactamente donde uno quiere, y en ocasiones pasar por otras funciones ayuda a construir una visión más amplia.
Jordi quería ser pastelero desde joven, pero con 18 años acabó sirviendo mesas. Lejos de quedar como una etapa inútil, aquella experiencia terminó formando parte de su educación profesional. Años después, convertido en una referencia mundial de la pastelería, la historia sirve para recordar que incluso las carreras más brillantes pueden empezar en un lugar muy distinto al que uno imaginaba.
