Francesc Mauri recuerda su juventud con una anécdota que hoy resulta difícil de imaginar. Con apenas 21 años, le tocó hacer la mili en una compañía de escaladores y esquiadores, una unidad que desde el primer momento le pareció mucho más exigente de lo que esperaba. “Llegué allí y me encontré gente con boina verde, de un cuerpo bastante cañero”, recuerda. Ver a muchos soldados vestidos casi “como Rambo” ya le hizo entender que aquello no iba a ser una experiencia convencional.
Aun así, Mauri explica que no recuerda una mili especialmente agresiva en el trato personal. La exigencia estaba más en los ejercicios físicos y en la capacidad de superar determinadas pruebas. Entre ellas, una de las que más le impresionó fue aprender a saltar de un camión en marcha a unos 25 kilómetros por hora.
Saltar del camión exigía técnica y mucho control
“Yo saltaba bien”, explica con cierta ironía, aunque reconoce que la maniobra imponía bastante. Había que correr al caer y llevar el Cetme bien separado del cuerpo con las dos manos. Si no se cogía suficiente velocidad al tocar el suelo o el arma quedaba demasiado cerca, el riesgo de golpearse era alto.

Mauri recuerda incluso que más de uno terminó lesionándose durante estos ejercicios. Era una prueba de instrucción que exigía coordinación, decisión y bastante sangre fría. El miedo no desaparecía, pero había que aprender a gestionarlo para completar correctamente la maniobra.
De los ejercicios duros al bar de oficiales
La situación cambió después de la instrucción. Cuando llegó el momento de asignar servicios, Mauri explicó que en casa tenían un bar y que sabía trabajar como camarero. Aquello terminó siendo decisivo para cambiar completamente su día a día dentro del cuartel. La prueba para demostrarlo fue bastante más sencilla que saltar de un camión en marcha: saber manejar una cafetera. “Imagínate tú qué nivel”, bromea al recordar el contraste entre las exigencias de la instrucción y lo que después le pidieron para entrar en el servicio.
A partir de entonces pasó a trabajar en el bar de oficiales, una tarea mucho más tranquila que las maniobras iniciales. La mili de Mauri terminó teniendo así dos etapas completamente distintas: primero, ejercicios físicos que imponían respeto; después, cafés y servicio de barra. Mirando atrás, lo cuenta con humor, pero también deja claro que algunas de aquellas pruebas podían ser realmente peligrosas. Saltar de un camión a 25 km/h no era una metáfora: era parte del entrenamiento.