Florencio Ramos, psicólogo: “Si tu hijo no come, no digas nada, le quitas el plato y lo mandas a jugar”

Convertir cada comida en una negociación puede terminar empeorando el problema cuando un niño rechaza el plato. Florencio Ramos, mediador familiar y divulgador sobre relaciones familiares, defiende una idea sencilla, ya que si el pequeño no quiere comer, no hay que iniciar una discusión interminable. Su propuesta consiste en retirar el plato con naturalidad y permitir que continúe con su actividad, evitando convertir la mesa en un escenario de tensión.

La idea parte de separar alimentación y conflicto. Rogar, perseguir al niño con la cuchara, prometer premios o amenazar con castigos puede hacer que la comida adquiera una carga emocional innecesaria. La Asociación Española de Pediatría también recomienda no obligar ni presionar para comer y recuerda que el apetito infantil puede cambiar según la edad, la actividad o las circunstancias de cada día.

Comer no debería convertirse en una batalla

Ramos plantea que los adultos deben mantener la calma cuando el niño decide que no quiere seguir comiendo. Retirar el plato no significa castigarle ni dejarle sin alimentos deliberadamente, sino aceptar que en ese momento no tiene hambre y continuar con la rutina. La clave está en no sustituir inmediatamente la comida rechazada por galletas, dulces u otra opción mucho más atractiva.

Esta forma de actuar también busca que el menor aprenda a reconocer sus propias señales de hambre y saciedad. Los padres siguen teniendo una responsabilidad: decidir qué alimentos se ofrecen, cuándo se sirven y en qué ambiente se come. El niño, por su parte, puede regular cuánto necesita dentro de una oferta adecuada. Así se evita que terminar todo el plato se convierta en una obligación permanente.

Cuándo no conviene simplemente retirar el plato

La recomendación tiene sentido en niños sanos que atraviesan etapas normales de menor apetito o rechazo puntual de algunos alimentos. No debe utilizarse para ignorar una pérdida de apetito persistente, una bajada de peso, problemas para tragar, vómitos repetidos o cualquier cambio que preocupe a la familia. En esas situaciones corresponde consultar al pediatra para descartar un problema médico o nutricional.

El mensaje, por tanto, no es que la alimentación infantil deje de importar. Es justamente evitar que cada cucharada termine en una lucha de poder. Ofrecer comida saludable, mantener horarios razonables y aceptar que algunos días el niño comerá menos puede generar una relación más tranquila con los alimentos. Si no quiere continuar, se retira el plato sin dramatizar y se sigue con el día.