Un cielo cubierto suele asociarse con frío, pero no siempre ocurre así. En determinadas situaciones, un día nublado puede registrar temperaturas más altas que otro despejado y con más sol. La explicación está en cómo las nubes modifican el intercambio de energía entre la superficie y la atmósfera, especialmente durante la noche y las primeras horas de la mañana.
Cuando el cielo está despejado, el suelo pierde con mayor facilidad el calor acumulado durante el día. Esa energía escapa hacia capas altas de la atmósfera y el ambiente se enfría con rapidez. En cambio, una cubierta de nubes actúa como una especie de manta que devuelve parte de esa radiación hacia la superficie y limita el descenso térmico.
Las nubes retienen parte del calor durante la noche
Este efecto se nota especialmente en noches húmedas y con poco viento. Aunque las nubes bloquean parte de la radiación solar durante el día, también reducen la pérdida de calor nocturna. Por eso, una mañana nublada puede empezar con varios grados más que otra completamente despejada, incluso si después el sol no aparece.
Además, no todas las masas de aire son iguales. Un día con sol puede estar dominado por aire frío y seco procedente del norte, mientras que otro cubierto puede recibir aire templado y húmedo del mar o del sur. En ese caso, la temperatura depende más del origen del aire que de la cantidad de luz visible.
El viento y la humedad también cambian la sensación
La humedad elevada hace que el cuerpo tenga más dificultades para evaporar el sudor, por lo que el ambiente puede sentirse más cálido de lo que indica el termómetro. Si además sopla viento templado, las nubes pueden coincidir con una subida de temperatura y generar una jornada pesada, aunque el cielo permanezca gris.
La realidad es que el sol no es el único factor que determina el calor. La nubosidad, el viento, la humedad, la temperatura del aire en altura y el calor retenido durante la noche influyen al mismo tiempo. Por eso, un día despejado puede resultar fresco y otro completamente cubierto, más cálido. Mirar el cielo ayuda, pero para entender la temperatura hay que observar toda la atmósfera. También importa la estación del año, porque la duración de la noche modifica cuánto calor puede perder realmente el terreno.
