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Eduard Estivill ha vuelto a poner el foco en una costumbre que durante años ha sido discutida: la siesta. El especialista en medicina del sueño sostiene que el cerebro humano tiene dos momentos naturales de sueño dentro de cada ciclo de 24 horas. El primero es el descanso nocturno y el segundo aparece aproximadamente ocho horas después de habernos levantado.

“En 24 horas, el cerebro necesita dormir dos veces”, resume Estivill. Esa segunda necesidad no implica acostarse durante una hora ni recuperar una mala noche. Según explica, se trata de una ventana breve de somnolencia que puede aprovecharse con una siesta de unos veinte minutos. El objetivo es descansar sin entrar en fases profundas que compliquen el despertar.

La clave está en dormir poco tiempo

La clave está precisamente en la duración. Una siesta corta puede mejorar la alerta, la concentración y el rendimiento durante la tarde, especialmente cuando se ha dormido correctamente por la noche. Estivill insiste en que no debería utilizarse como sustituto de un descanso nocturno insuficiente, porque entonces es fácil alargarla demasiado y levantarse con sensación de pesadez.

Dormir cuarenta minutos, una hora o más puede hacer que el cerebro entre en fases profundas del sueño. Si el despertador interrumpe ese proceso, aparece la llamada inercia del sueño: cuesta reaccionar, aumenta la somnolencia y durante un rato podemos sentirnos más cansados que antes de acostarnos. Además, una siesta tardía puede restar presión de sueño para la noche.

Ocho horas después de levantarnos

Por eso, el momento también importa. Estivill sitúa esa segunda ventana aproximadamente ocho horas después de despertar. Para alguien que se levanta a las siete de la mañana, aparecería alrededor de las tres de la tarde. Coincide con el descenso natural de alerta que muchas personas atribuyen únicamente a haber comido, aunque forma parte también del funcionamiento del reloj biológico.

La recomendación, por tanto, no consiste en dormir siempre que aparezca cansancio. Una buena siesta debe ser breve, relativamente temprana y complementaria a una noche suficiente. Quien padece insomnio o tiene dificultades para conciliar el sueño puede necesitar limitarla o evitarla. El mensaje de Estivill es sencillo: nuestro organismo no funciona con una única línea continua de vigilia y descanso. Existe un segundo momento diario en el que el cerebro pide una pausa, y utilizarlo correctamente puede ayudarnos a afrontar la tarde con más energía sin perjudicar el sueño nocturno. Siempre que esa pausa no desplace la hora de dormir ni intente compensar noches demasiado cortas.