El debate sobre cuántas horas debemos dormir suele estar lleno de prejuicios. Durante años se ha instalado la idea de que dormir poco es sinónimo de productividad, disciplina o fortaleza, mientras que dormir mucho se asocia a pereza o falta de querer trabajar. Sin embargo, los especialistas en medicina del sueño insisten en que esta visión simplista no solo es errónea, sino que ignora un factor determinante como lo es la la biología de cada uno.
Eduard Estilvill, uno de los referentes más reconocidos en la divulgación científica del sueño en España, lo resume con una afirmación que rompe muchos tópicos: “Hay gente que genéticamente necesita dormir 10 horas y están mal vistos”. La frase pone el foco en una realidad incómoda para ciertos discursos sociales, ya que no todos los organismos funcionan igual ni requieren el mismo tiempo de descanso.
Dormir más no es falta de disciplina
La duración óptima del sueño no es universal. Existen personas que con cinco o seis horas rinden perfectamente, mantienen un buen estado cognitivo y no muestran signos de fatiga. Estos perfiles suelen ser admirados en entornos laborales exigentes, donde dormir poco se interpreta casi como una virtud.
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Según explican los expertos, la necesidad de sueño tiene un componente genético relevante. No se trata de una elección ni de un hábito, sino de una característica fisiológica. Hay individuos cuyo sistema nervioso, metabolismo y procesos de recuperación requieren nueve o incluso diez horas de descanso para funcionar con normalidad. Dormir menos, en esos casos, no mejora el rendimiento, sino que lo empeora de forma notable, afectando a la salud.
El peso de la percepción social
El conflicto aparece cuando la biología choca con la cultura. Mientras que el que duerme poco suele percibirse como eficiente o resistente, quien duerme muchas horas puede enfrentarse a juicios implícitos. Comentarios cotidianos, bromas o interpretaciones negativas contribuyen a reforzar la idea de que dormir más es un defecto.
Ante esto, muchas personas intentan forzar rutinas de sueño que no se ajustan a sus necesidades, reduciendo horas de descanso para adaptarse a expectativas externas. A medio plazo, esa restricción puede traducirse en somnolencia diurna, problemas de concentración, alteraciones del estado de ánimo e incluso efectos sobre la salud cardiovascular y metabólica.
La evidencia dice que la cantidad de sueño necesaria depende del individuo. No existe una cifra válida para todos. Comprenderlo implica abandonar la idea de que dormir más o menos define la valía personal. Así pues, hay que dormir lo que el cuerpo pide, aunque desafíe ciertos estereotipos, es simplemente fisiología, no una debilidad.