Diego Pablo Simeone siempre había defendido que no se veía entrenando a uno de sus hijos. La mezcla entre familia y fútbol profesional le parecía demasiado delicada, especialmente en un vestuario donde cada decisión se analiza al detalle. Sin embargo, Giuliano terminó rompiendo esa barrera después de crecer dentro de la Academia del Atlético de Madrid y ganarse cada oportunidad sin necesidad de que su padre interviniera.
“Siempre comenté que no veía posible dirigir a un hijo”, ha reconocido Simeone. Para él, la diferencia fundamental está en cómo llegó Giuliano al primer equipo. No fue un fichaje pedido por el entrenador ni una operación diseñada para reunirlos. El joven siguió su propio camino, pasó por las categorías inferiores y tuvo que demostrar lejos de casa que podía competir en Primera División.
La cesión al Alavés terminó cambiándolo todo
Su etapa en el Alavés fue decisiva. Allí acumuló minutos, ganó experiencia y mostró que podía sostener el ritmo de la máxima categoría. Ese crecimiento despertó interés alrededor de su figura y convenció también al propio Atlético de que estaba preparado para regresar. Cuando Simeone tuvo que valorarlo, ya no observaba únicamente a su hijo, sino a un futbolista con argumentos deportivos.
“Soy su padre, pero no soy tonto”, resumió el técnico. La frase refleja precisamente esa separación. Simeone sabe que favorecerlo sin merecerlo perjudicaría al vestuario, al club y al propio Giuliano. Por eso insiste en que lo analiza como a cualquier otro jugador: trabajo, rendimiento, intensidad, disciplina y capacidad para ayudar al equipo a ganar partidos importantes.
El apellido no garantiza absolutamente nada
La exigencia incluso puede ser mayor cuando existe una relación familiar. Simeone conoce perfectamente que cualquier suplencia o titularidad de Giuliano genera interpretaciones externas. Para evitar dudas, el entrenador necesita que sus decisiones tengan una explicación futbolística evidente. Si juega, debe ser porque lo merece; si no alcanza el nivel, debe quedarse fuera aunque la conversación posterior sea difícil en casa.
“Si se llama Simeone o Pérez, es exactamente igual, yo quiero ganar”, ha explicado. Ese principio resume cómo intenta gestionar una situación extraordinaria. Giuliano no llegó al primer equipo por ser hijo del entrenador, sino después de completar un recorrido propio y demostrar su capacidad. Simeone nunca imaginó encontrarse en esta posición, pero el rendimiento terminó obligándolo a cambiar de opinión. Ser padre no desaparece cuando empieza el partido, aunque para él existe una prioridad profesional clara: colocar sobre el campo a quienes aumentan las posibilidades de victoria, incluso cuando uno de ellos lleva su mismo apellido.p
