David Jimeno ha convertido su experiencia personal con la alimentación en una crítica directa al veganismo como modelo completo. El ingeniero explica que durante una etapa fue vegetariano porque buscaba sentirse mejor, pero asegura que ocurrió lo contrario, ya que seguía encontrándose mal, acumulaba inflamación y no entendía por qué una dieta que consideraba saludable no estaba funcionando para él.
Su cambio llegó cuando probó una alimentación mucho más centrada en productos animales. Según cuenta, en apenas una semana notó una mejora importante y dejó de sentirse inflamado. A partir de ahí empezó a cuestionar muchas ideas que había dado por buenas durante años y adoptó una máxima que repite en redes: no creer ciegamente, sino probar y observar cómo responde el cuerpo.
Las plantas no deberían ser la base, según Jimeno
Jimeno no defiende necesariamente eliminar todos los vegetales. Explica que sigue comiendo fruta y alimentos como el calabacín, pero rechaza la idea de que cualquier producto vegetal sea automáticamente saludable. Pone como ejemplo el contenido de azúcar de algunas frutas y sostiene que el origen natural de un alimento no basta para convertirlo en una buena elección dentro de cualquier contexto.

Su argumento principal es que el organismo necesita alimentos muy densos nutricionalmente y que, a su juicio, las plantas no deberían ocupar el centro absoluto de la dieta. Defiende que grasas y proteínas tienen un papel prioritario y recuerda que no existen carbohidratos esenciales en el mismo sentido fisiológico que sí existen determinados aminoácidos y ácidos grasos esenciales.
Su experiencia con el veganismo cambió su forma de comer
Para Jimeno, una alimentación exclusivamente vegetal obliga a planificar mucho más para conseguir determinados nutrientes en cantidades suficientes. Por eso considera que presentar el veganismo como una opción automáticamente completa es un error. Su visión parte de su propia experiencia: intentó mejorar su salud reduciendo alimentos animales y terminó llegando a la conclusión contraria después de observar cómo reaccionaba personalmente.
También relaciona esta filosofía con prácticas como el ayuno. No lo entiende como una obligación, sino como algo que aparece cuando el cuerpo está regulado. Su discurso gira alrededor de una idea: escuchar las señales individuales por encima de normas alimentarias universales. Por eso rechaza que las plantas deban constituir siempre lo que comemos y defiende una dieta donde las proteínas y las grasas tengan mayor protagonismo, dejando frutas y vegetales como complementos. Para él, comer mejor no consiste en seguir una etiqueta, sino en encontrar una estructura alimentaria que permita sentirse realmente bien y cubrir las necesidades del organismo.