Pulsar una vez el botón de posponer la alarma parece algo completamente normal. Pero cuando se convierte en una cadena de cinco, seis o siete repeticiones cada mañana, los especialistas en sueño dicen que normalmente hay algo más detrás que simple pereza. De hecho, cada vez más psicólogos y expertos están observando patrones bastante claros entre las personas que necesitan retrasar constantemente el momento de levantarse.

Y la sorpresa es que muchas veces no tiene que ver con dormir demasiado, sino con cómo se llega al inicio del día. El botón de repetición se está viendo menos como una cuestión de disciplina y más como una señal de ciertos hábitos físicos y emocionales.

Los perfiles que más repiten la alarma no son los que menos duermen

Uno de los grupos donde más aparece este comportamiento es el de personas con agotamiento acumulado o fatiga mental sostenida. Cuando existe una deuda de sueño mantenida o una sensación constante de cansancio, esos minutos extra funcionan como una especie de negociación con el cuerpo para retrasar el esfuerzo de empezar el día.

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También aparece otro perfil que suele sorprender, como personas organizadas, exigentes consigo mismas y con tendencia al perfeccionismo. En estos casos, el problema no suele ser querer dormir más, sino la presión que genera todo lo que viene después. La alarma deja de ser únicamente el momento de despertarse y pasa a representar reuniones, tareas pendientes, decisiones o responsabilidades.

La ansiedad matutina y el cronotipo también explican parte del fenómeno

Los psicólogos hablan además de algo conocido como ansiedad anticipatoria. Se trata de personas que no se despiertan especialmente cansadas, pero sí sienten cierta tensión antes de empezar la jornada. Posponer la alarma les da una sensación temporal de control y les permite retrasar unos minutos ese cambio mental.

A esto se suma otro factor que tiene mucho peso: el cronotipo. Las investigaciones sobre sueño llevan años mostrando que las personas más activas por la noche, los llamados perfiles nocturnos o “búhos", suelen tener más dificultades para adaptarse a horarios tempranos y son más propensas a usar varias alarmas seguidas.

También influye algo mucho más físico: la inercia del sueño, que es ese periodo donde el cerebro todavía no termina de activarse completamente al despertar. Por eso los especialistas suelen insistir en una idea que rompe bastantes mitos: pulsar muchas veces el botón de repetir no significa automáticamente ser vago o desorganizado. Muchas veces habla más de cómo estás llegando al inicio del día que de lo que haces cuando suena la alarma.