Carme Ruscalleda construyó una de las carreras más importantes de la gastronomía española, pero antes de las estrellas Michelin hubo una decisión familiar que podía haber acabado muy mal. Cuando decidió abrir el Sant Pau junto a Toni Balam, sus padres hicieron algo que todavía recuerda con emoción: pusieron en juego su propia vivienda para ayudarla. “Él y mi madre hipotecaron su casa. Se lo jugaron todo”, explicó años después al recordar aquellos primeros pasos.
La cocinera llevaba trabajando prácticamente desde niña y había crecido vinculada al negocio familiar. Esa disciplina fue precisamente una de las razones por las que su padre terminó confiando en ella. Ruscalleda ha contado que él no siempre entendía su manera de plantear la alta cocina y que incluso llegó a sufrir por algunas críticas que recibía su hija, pero nunca se opuso realmente a su proyecto porque la veía segura, trabajadora y con un objetivo claro.
Sus padres asumieron un riesgo enorme para que pudiera abrir el Sant Pau
La oportunidad apareció cuando quedó disponible un antiguo hostal situado frente al negocio familiar en Sant Pol de Mar. Ruscalleda y Toni Balam decidieron comprarlo y convertirlo en restaurante, pero para conseguir la financiación necesitaron el apoyo de sus familias. Sus padres hipotecaron su vivienda y la pareja también asumió una importante carga económica.

No era una inversión segura. El Sant Pau abrió en 1988 y los inicios fueron difíciles. Ruscalleda ha recordado incluso domingos en los que no entraba ningún cliente. La tienda familiar continuó funcionando durante años y terminó convirtiéndose en una especie de salvavidas económico mientras el restaurante encontraba su lugar.
Una deuda que convirtió en una responsabilidad personal
Para Ruscalleda, aquel gesto de sus padres también creó una enorme responsabilidad. Sabía que su sueño no dependía únicamente de ella: detrás había una familia que había arriesgado su propia casa. Por eso una de las mayores satisfacciones de su vida llegó mucho después, cuando pudo decir que su padre murió sabiendo que ya no debían dinero al banco.
El Sant Pau acabaría convirtiéndose en uno de los restaurantes más reconocidos de Catalunya y alcanzando tres estrellas Michelin, pero su origen fue mucho menos glamuroso. Hubo préstamos, miedo al fracaso, jornadas interminables y una familia dispuesta a poner su patrimonio detrás del proyecto. Con los años, Ruscalleda ha repetido esa misma filosofía con sus hijos: ayudar, pero dejarlos construir su propio camino. Quizá porque sabe mejor que nadie lo que significa que alguien crea en ti cuando todavía no hay ninguna garantía de que las cosas vayan a salir bien.