Tal día como hoy del año 1638, hace 488 años, al suroeste de Calabria —en el extremo sur de la bota italiana—, se producían los temblores más violentos de un terremoto que se había iniciado el día anterior, sábado víspera de Ramos. Por este motivo, aquel fenómeno sísmico sería llamado el terremoto del Domingo de Ramos y quedaría alojado en la cultura popular calabresa como la catástrofe natural más mortífera del siglo XVII. Durante la jornada del sábado 27 de marzo, con los primeros temblores, colapsó la iglesia del monasterio franciscano de Nicastro (actualmente Lamezia Terme, provincia de Catanzaro) y provocó la muerte por aplastamiento de más de 600 feligreses que asistían a la celebración del oficio religioso del Sábado de Resurrección.

La región de Calabria formaba parte del Reino de Nápoles, uno de los seis dominios que formaban la Corona catalanoaragonesa y que, desde 1519, estaba bajo el paraguas de la monarquía hispánica. Y continuaba gobernada por los linajes baroniales que clavaban sus raíces en la conquista normanda del siglo IX, y continuaba, también, sujeta al régimen feudal de origen medieval. Durante la Edad Media (siglos XI, XII y XIII), estas oligarquías de origen normando se habían mestizado con el Casal de Barcelona. Algunos de los elementos más destacados de este fenómeno habían sido Mafalda de Pulla —esposa de Ramón Berenguer II—, Constanza Hohenstaufen —esposa de Pedro II— o Roger de Lauria —almirante de la marina catalanoaragonesa.

Según las fuentes documentales y la tradición oral, el terremoto del Domingo de Ramos devastó la costa occidental calabresa (la del mar Tirreno), entre Scalea (Cosenza), al norte, y Nicotera (Vibo Valentia), al sur. Estas mismas fuentes orales y documentales revelan un extraordinario nivel de destrucción y muerte: unos 10.000 edificios y unas 50.000 víctimas mortales. En Vallefiorita (Catanzaro), por ejemplo, perdieron la totalidad de sus 3.000 habitantes y, posteriormente, el poder del territorio debería promover diversas repoblaciones de nueva planta de las zonas destruidas. Para tener una idea de la dimensión de aquella catástrofe, diremos que, cuando se produjo, la ciudad de Nápoles tenía unos 100.000 habitantes y Barcelona censaba a unos 40.000.