Tal día como hoy del año 587 a.C., hace 2.613 años, el ejército del rey Nabucodonosor II de Babilonia vencía las resistencias de la ciudad de Jerusalén y la conquistaba. Aquel hecho provocó el secuestro de miles de personas, que fueron capturadas y esclavizadas por el ejército invasor y deportadas a Babilonia, en una penosa marcha de más de 1.500 kilómetros. Aquella deportación ha sido llamada la Primera Diáspora del pueblo de Israel y se estima que habría afectado a unas 100.000 personas. El poder babilónico dispuso que las élites de aquella deportación (unas 10.000 personas que formaban el grupo de los gobernantes, intelectuales y artesanos) fueran situadas en Babilonia y el resto fuera entregado a los latifundistas de los valles de los ríos Tigris y Éufrates.
Pasadas unas décadas, y aprovechando la invasión persa liderada por el rey Ciro el Grande, la inmensa mayoría de la Diáspora en los campos de cultivo babilónicos escapó y regresó a la tierra de Israel. Pero, en cambio, las élites de aquella primera Diáspora —que habían conocido una notable prosperidad económica— permanecieron en Babilonia, entonces bajo dominación persa. Fue así, durante más de mil años y diversos poderes, hasta que con la dominación árabe (siglo VII) acompañaron a la estirpe de gobernantes omeyas para crear y desarrollar un aparato de gobierno en al-Ándalus. En Córdoba, capital andalusí, se convirtieron en un potente lobby muy cercano al poder que, posteriormente, con la conquista cristiana (siglo XIII) conservaría su posición.
La persona más conocida de este colectivo judeoandalusí y después judeocastellano sería Yonnati bat Gedaliah, tatarabuela del rey Fernando el Católico. Yonnati habría nacido en una finca propiedad de su familia en la campiña andaluza (1335), pero se habría criado en el palacio familiar de Sevilla, y de joven habría tenido una relación de pareja con Fadrique Alfonso de Castilla, condestable (máxima autoridad militar) de Castilla y hermano gemelo del rey Enrique II —el primer Trastámara en el trono castellanoleonés. Fruto de esta relación habría nacido Alfonso Enríquez, padre de Fadrique Enríquez —almirante de Castilla— y abuelo de Juana Enríquez —segunda esposa de Juan II de Catalunya-Aragón y madre de Fernando el Católico.