Tal día como hoy del año 1898, hace 128 años, William McKinley, presidente de Estados Unidos, presentaba al Congreso de la nación la aprobación de la declaración de guerra a España. Unas semanas antes (15 de febrero de 1898), el gobierno de Washington había enviado el USS Maine a La Habana, oficialmente para “vigilar y proteger los intereses norteamericanos que podían estar amenazados por efecto del conflicto entre el ejército colonial español y las fuerzas independentistas cubanas”. Una lectura mínimamente atenta revela que Washington no ocultaba su posicionamiento con relación a aquel conflicto. 

Aquel 15 de febrero, el acorazado de la armada naval norteamericana USS Maine, anclado en el puerto con autorización de las autoridades militares españolas, estallaba en mil pedazos. El gobierno norteamericano reaccionaría inmediatamente acusando al poder colonial español de estar detrás de aquella agresión y, durante las semanas posteriores, la sociedad norteamericana y su Cámara de Representantes crearían un estado de opinión favorable a la guerra. Finalmente, y después de una rápida maduración de tan solo diez semanas, el 25 de abril de 1898 el Congreso de Estados Unidos votaba favorablemente la propuesta del presidente William McKinley —del Partido Republicano— y declaraba la guerra a España.

Aquella guerra duraría, tan solo, unas semanas. El 12 de agosto de 1898, después de las incontestables victorias militares norteamericanas en las batallas de Santiago de Cuba y de Lomas de San Juan, el ejército español se rendía. En la Conferencia de Paz de París, que ponía fin a aquel conflicto (diciembre de 1898), los españoles tendrían que entregar sus últimas colonias de ultramar a los norteamericanos y asumir la deuda pública de la isla de Cuba, cifrada en 400 millones de dólares. Muy lejos de los 400 millones de dólares a cobrar que, treinta y seis años antes, había negociado el general Prim como el importe para la venta de la isla caribeña a Estados Unidos.