Tal día como hoy del año 1536, hace 490 años, en Kimbolton (Inglaterra), moría Catalina de Aragón, quinto y último vástago de los Reyes Católicos, que desde su nacimiento (1485) había sido convertida en una pieza del tablero geopolítico internacional de la cancillería hispánica. En aquel tablero, se decidió que Juan, el primero y único varón, y Juana, una de las hijas, serían emparejados con miembros de la casa de Habsburgo-Borgoña, y que Catalina sería emparejada con el heredero al trono inglés. En 1489, con cuatro años, se acordó su matrimonio con el príncipe Arturo, de tres años e hijo y heredero del rey Enrique VII de Inglaterra, el primer Tudor en el trono de Londres.

En 1501, con quince años, estaba casada con Arturo, pero tan solo seis meses después el príncipe de Gales moría a causa del “sudor inglés”. Su suegro, Enrique VII, no autorizó su regreso porque eso habría implicado dejar en suspenso la alianza anglo-hispánica (que le era necesaria para hacer frente a la amenaza francesa) y la devolución del cuantioso dote (que había invertido en la construcción de una potente marina de guerra). La joven viuda se quedó en Londres hasta que en 1508 fue prometida con el futuro Enrique VIII, hermano pequeño del difunto Arturo. En 1509, era coronado Enrique VIII. Poco después se celebraban las bodas y Catalina se convertía en reina de Inglaterra.  

En el transcurso de su vida mantuvo una intensa correspondencia en catalán con personalidades humanistas de la época, como Isabel de Requesens —aristócrata catalana y virreina hispánica de Nápoles—,  con Beatriz de Chiaramonte —aristócrata siciliana y reina de Hungría— o con Joan Lluís Vives —profesor universitario valenciano perseguido por la Inquisición hispánica y una de las figuras capitales del humanismo europeo. Con Joan Lluís Vives, además, mantuvo una estrecha amistad (sobre todo durante la estancia del profesor valenciano en Inglaterra), y este dejaría testimonio escrito de que la reina de Inglaterra y él eran “de la misma nación”.