Tal día como hoy del año 1672, hace 354 años, en Versalles, el rey Luis XIV de Francia —el tercer Borbón en el trono de París— ordenaba el derribo del Castell d'Arrià, situado en la villa de Rià, situada a tres kilómetros al oeste de Prada de Conflent. En el momento en que ordenó aquel derribo, hacía más de una década que la monarquía hispánica había cedido a Francia los condados del Rosselló y del Conflent (1659) y la mitad oriental del de la Cerdanya (1660). Aquella cesión se había documentado con los Tractats dels Pirineus (1659 y 1660), que ponían fin a la guerra hispanofrancesa (1635-1659) y que habían confirmado el relevo en el liderazgo mundial: Francia se convertía en la nueva primera potencia del planeta en perjuicio de la monarquía hispánica, que lo había sido desde 1519.

En aquel contexto, Luis XIV —inexplicablemente— ordenó el derribo del Castell d'Arrià. A pesar de que, por la posición de esta fortaleza, era muy estratégica —permitía el control del tráfico que circulaba por la vía que unía la Guingueta d'Ix (frontera hispanofrancesa) con el Coll d'Ovansa, Prada y Perpinyà—, el rey francés ordenó su derribo pensando que era el lugar donde había nacido Wifredo el Velloso (840), el primer conde carolingio de la marca de Gotia (futuras Languedoc y Catalunya) que transmitiría el cargo por herencia y, por lo tanto, sería el creador de la estirpe nacional catalana. Ordenando su derribo, pretendía poner fin a un lugar que explicaba la figura más destacada del origen de la nación catalana y pretendía borrar el conocimiento de su existencia de la memoria y de la tradición de los catalanes.