Tal día como hoy del año 1509, hace 517 años, en Greenwich (entonces Reino de Inglaterra), eran coronados reyes de Inglaterra la pareja formada por Enrique Tudor (segundo hijo y heredero del rey Enrique VII y, a partir de ese momento, Enrique VIII) y Catalina de Aragón (la quinta hija y la más pequeña de los Reyes Católicos). Enrique y Catalina, que se habían casado el 11 de junio anterior en la abadía de Westminster, serían la pareja real de Inglaterra durante veinticuatro años, hasta que en 1533 el monarca se divorciaría para iniciar la larga sucesión de matrimonios y divorcios que, en su época, lo haría célebre y que, también, lo llevaría a romper con la Iglesia católica y con la monarquía hispánica.
Catalina de Aragón sería la esposa que estaría más años casada con Enrique VIII. Las otras cinco esposas del rey inglés no pasarían, en el mejor de los casos, de los cuatro años de Catalina Parr. Durante los veinticuatro años de matrimonio, Enrique y Catalina formaron un tándem político y diplomático muy potente y expansivo —algunas veces, compenetrados y, en otras, enfrentados— que pondría las bases del protagonismo de Inglaterra en el contexto internacional. Tuvieron una hija, María (nacida en 1516), que reinaría como María I, pero que no sucedería a su padre directamente, sino a su hermanastro Eduardo VI, hijo de Enrique VIII y su tercera esposa, Jane Seymour.
Catalina de Aragón destacaría por su extraordinaria inteligencia y su afiladísimo espíritu crítico. Era la más dotada intelectualmente y la más comprometida socialmente de los cinco hijos que tuvieron los Reyes Católicos y, en el transcurso de su vida, dominaría ampliamente las lenguas catalana, castellana, portuguesa, inglesa y latina y las disciplinas académicas de la filosofía y la literatura. En su calidad de reina de Inglaterra, lucharía insistentemente por conseguir que las mujeres tuvieran libre acceso a la educación, por lo que se la considera la primera feminista de la historia de Inglaterra.
También mantuvo una intensa correspondencia epistolar en catalán con destacadas figuras de la intelectualidad europea de la época, tanto mujeres como hombres: con Isabel de Requesens (virreina de Nápoles) o con Beatriz de Chiaromonte (reina de Hungría). Pero las cartas que revelan la altura intelectual y política de Catalina son las que intercambió con Juan Luis Vives, figura señera del humanismo europeo, especialmente durante la estancia del profesor valenciano en Inglaterra. Catalina y Vives —que mantendrían una amistad personal— se escribirían y conversarían en catalán y dirían, el uno del otro, que "eran de la misma nación".