Los británicos ocupan La Habana y la convierten en un segundo Gibraltar

Tal día como hoy del año 1762, hace 264 años, y en el contexto de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), una flota naval británica comandada por el capitán George Keppel y formada por 53 naves que transportaban 25.000 soldados ocupaba La Habana (entonces capital de la colonia española de Cuba) tras una batalla que se había prolongado por espacio de diez semanas (del 6 de junio al 13 de agosto de 1762). No obstante, la defensa española de La Habana es presentada en todas las academias navales del mundo como una de las operaciones más insólitas y ridículas de la historia de la marina.

Efectivamente, Juan de Prado Malleza Portocarrero Luna, gobernador español de Cuba, en vez de sacar la escuadra naval fuera del puerto, presentar batalla y provocar el máximo perjuicio a la escuadra atacante, ordenó colocar e incendiar una serie de naves en la bocana de la bahía para crear una barrera de fuego y de humo con el propósito de disuadir a los británicos. Keppel esperó pacientemente a que las naves españolas quemaran totalmente y, a la vez, ordenó un desembarco para fustigar, desde tierra, las defensas españolas, concentradas en el castillo del Morro.

Los británicos no contaban con que la población civil se organizara y sufrieron muchas pérdidas a manos de la milicia del criollo Pepe Antonio Gómez, alcalde de Guanabacoa (a trece kilómetros al este de La Habana), que había organizado un foco de resistencia con esclavos negros y libertos mulatos. La milicia de Pepe Antonio, desprovista de armas de fuego, hostilizó a los británicos en emboscadas y los atacó con machetes, anticipándose más de un siglo a las técnicas de la guerrilla mambí durante las guerras de la independencia contra los españoles (finales del siglo XIX).

El gobernador Prado, celoso de los éxitos de los guerrilleros, ordenó a Pepe Antonio que se retirara del combate y lo hizo recluir en la localidad de Jesús del Monte (a diez kilómetros al sur de La Habana). Dos semanas antes de la rendición (26 de julio de 1762), Pepe Antonio moría en extrañas circunstancias. Y semanas más tarde, cuando ya estaba más que enterrado, el gobernador Prado y las oligarquías coloniales de La Habana lo responsabilizarían de la derrota y lo presentarían como el gran culpable de la pérdida de la ciudad a manos de los británicos.

El 13 de agosto de 1762, los españoles rendían la plaza a cambio de que se les permitiera embarcar hacia la Península. A la llegada a Madrid, Prado no tuvo la misma suerte que Alonso Pérez de Guzmán —el almirante de la Armada Invencible (1588) que se mareaba a bordo y que, durante la batalla, se ocultaba en una cámara blindada, pero que nunca fue apartado del cargo—. Carlos III y su ministro Squillace, presionados por la fuerte oposición de los elementos más reaccionarios de la corte a sus políticas ilustradas, encarcelarían a Prado, que permanecería recluido hasta su muerte, ocho años después (1770).