Las protestas en Estados Unidos contra la política que está llevando a cabo Donald Trump en Irán, con más de 3.000 marchas que se han producido y los varios millones de personas en la calle, marcan un serio traspié para el mandatario norteamericano. Acostumbrado como está a ganar en la calle lo que no le otorgan los medios de comunicación, Trump está probando una medicina enormemente amarga: la oposición que lo persigue desde el primer día está recogiendo más apoyos que hace un año y, por el contrario, su base electoral está enormemente inquieta, ya que se le garantizó que lo primero era América y ahora está en medio de un conflicto que no entiende, que le desagrada y que le está costando mucho dinero.

Las declaraciones de este fin de semana de la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, al semanario The Economist han levantado una enorme polvoreda por su contundencia. Sostiene Lagarde que los mercados son demasiado optimistas sobre el impacto del conflicto en Irán y los shocks petroleros y ha calificado la política exterior de Trump como una traición a su propio mantra en temas de política exterior y la retirada de EE. UU. del liderazgo mundial. Para Lagarde, los mercados subestiman la gravedad de la situación en Irán y el retorno a la normalidad podría llevar años. 

El principal problema es, en estos momentos, el estrecho de Ormuz, donde Irán, que puede haber quedado desarmado militarmente y sin la potencia nuclear de antaño, tiene concentrada buena parte de la fuerza que le resta, circunstancia que le otorga una ventaja de partida en el cuello de botella que allí se ha producido para el movimiento de los barcos petrolíferos allí parados y los que también transportan fertilizantes. Las amenazas de Trump o sus ofertas de diálogo han servido de bien poco, ya que el régimen de los ayatolás cuenta con una carta nada menor en un conflicto como es el factor tiempo. Los iraníes tienen todo el tiempo del mundo, pues sus urgencias son bastante diferentes a las del mundo occidental.

Su base electoral está enormemente inquieta, ya que se le garantizó que lo primero era América y ahora está en medio de un conflicto que no entiende, que le desagrada y que le está costando mucho dinero

Este lunes se inicia una semana clave en el devenir de la guerra. Por un lado, las conversaciones que lidera Pakistán con Egipto, Turquía y Arabia Saudita para iniciar un embrionario proceso de paz. Por otro lado, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha señalado este fin de semana que la operación militar en Irán acabará en cuestión de semanas y ha instado al resto de países a implicarse más para que la navegación en el estrecho de Ormuz sea segura. Todo demasiado ambiguo para una administración que es todo menos sutil. Precisamente, el Pentágono ha afirmado que están considerando enviar al menos 10.000 soldados de combate adicionales a la zona de guerra en los próximos días. Algo de lo que Trump huía como gato escaldado hace muy poco tiempo.

En resumen, muchos frentes para Trump, con el económico marcando el rumbo del naufragio al que se arriesga Occidente si la situación no se reconvierte. Ya hay quien sitúa esta guerra con Irán entre lo más grave que ha sucedido en los últimos 50 años, superior a las dos crisis petrolíferas de los años 70.