Aunque la política tiene mucho de persistencia y de ir picando piedra en las condiciones más adversas, habrá pocas iniciativas que hayan tenido, de entrada, menos acogida que la propuesta de Gabriel Rufián de unificar los partidos a la izquierda del PSOE para armar una única formación que pueda hacer frente a la presumible mayoría electoral de PP y Vox en las próximas elecciones españolas. Rufián ha ido encontrando negativas, empezando por las de su partido, Esquerra Republicana. Su presidente, Oriol Junqueras, ha tomado en público la distancia suficiente para que su hombre en Madrid desista de sus intenciones, si es que realmente es una idea que piensa llevar hasta las últimas consecuencias. En privado, su actitud es más de cansancio que de irritación, ya que el termómetro del partido no está por desnaturalizarse en un puzle de siglas ni por perder independencia y autonomía en las decisiones que tenga que adoptar ERC.

La convocatoria de un nuevo acto, esta vez en Barcelona, a diferencia del primero que se celebró en Madrid, con la participación de la cara más visible de Podemos, Irene Montero, y el ex cabeza de lista de los Comuns en Madrid, Xavier Domènech, junto a Rufián, asegura un goteo permanente de informaciones sobre la proyectada unidad de las izquierdas. Al primer acto celebrado en Madrid, Junqueras no asistió, aunque por aquellas fechas se encontraba en la capital española. Tampoco figura en su agenda de actividades del 9 de abril acudir al de Barcelona. A Rufián se le ha invitado a que defienda en los órganos de dirección del partido su propuesta, algo que hasta la fecha no ha sucedido. En el entorno de Junqueras existe el convencimiento de que no lo llegará a hacer porque la respuesta que recibiría sería de un rechazo importante; algo que tampoco se puede permitir.

Tan solo Podemos ha abierto los brazos a la iniciativa de Rufián y ha doblado su apuesta en esta dirección tras su último fracaso en las elecciones en Castilla y León

Junqueras conoce de sobras que la piscina en que se ha metido la voz de ERC en Madrid no tiene agua, o tiene muy poca. Ya se han pronunciado en contra Bildu, BNG y Compromís, las tres organizaciones más parecidas a Esquerra en el País Vasco, Galicia y País Valencià. Ha hecho lo propio Sumar, y los Comuns se han salido por la tangente. Tan solo Podemos ha abierto los brazos a la iniciativa de Rufián y ha doblado su apuesta en esta dirección tras su último fracaso en las elecciones en Castilla y León (marzo), en las que los morados se quedaron sin representación parlamentaria en la asamblea regional. Previamente, le había sucedido lo mismo en Aragón (febrero) y tan solo había evitado su desaparición en Extremadura (diciembre), donde el grupo parlamentario Unidas por Extremadura —coalición en la que se integra Podemos junto a IU y Alianza Verde— cuenta con un total de 7 diputados, cuatro de ellos de la formación de Montero.

Como la paciencia puede entrenarse desarrollando la capacidad de autorregulación emocional, Junqueras se ha recetado toneladas de indiferencia con la propuesta de concurrir unidos en las elecciones españolas. No desea, ni mucho menos, la marcha de Rufián, a quien él incorporó en los inicios del procés para abrirse a electores de habla castellana que quería aproximar a su partido. Eso no ha cambiado y el puesto de cabeza de la candidatura de Esquerra por Barcelona no está en discusión, al menos, por ahora. Pero tampoco Junqueras piensa pagar un peaje para que eso sea así, ya que su objetivo sigue siendo que Esquerra sustituya al PSC, no que ocupe la izquierda que dejen libre los socialistas. De ahí también que, en la política catalana, los republicanos jueguen a darle oxígeno a Salvador Illa y, al mismo tiempo, dificultarle la gobernanza. Lo que con una mano te doy, con otra te lo quito, dice un dicho popular. Y, en ese terreno, Junqueras se mueve como un pez en el agua.