Si no es un Estado fallido, se le parece

A través de diferentes medios hemos sabido que este domingo Pedro Sánchez ha finalizado sus vacaciones en la residencia oficial de La Mareta, en Lanzarote, y ha regresado a Madrid. También que dos aviones Falcon han trasladado a la familia real desde Grecia con destino a las Illes Balears. Cuesta entender que con la crisis de Ceuta el presidente del Gobierno haya consumado las vacaciones más largas de un inquilino de la Moncloa en 32 años y haya disfrutado de 27 días, solo interrumpidos por los 105 minutos que pasó en Ceuta el pasado 31 de julio. En estos 27 días, el deterioro de la situación en la ciudad africana ha sido galopante, con dos focos muy alarmantes: el sanitario, con los servicios a punto de colapsar, y el de la seguridad, pues en las comisarías se denuncian hasta diez veces más delitos al día que antes de la invasión.

Aparte de eso, una crisis con Italia —que suspendió unilateralmente el acuerdo de libre circulación de Schengen e implementó controles fronterizos en puertos y aeropuertos— y con Dinamarca, donde la primera ministra forma parte de la familia socialista. El Ministerio de Sanidad reúne este lunes a las comunidades autónomas para reclamar el envío urgente de vacunas de todo tipo a Ceuta y las pésimas condiciones de salubridad y el hacinamiento han provocado un brote de sarna en el ejército español. En medio de todo este caos, el gobierno ha nombrado un coordinador general en la figura del ministro de Administraciones Públicas, Ángel Víctor Torres. Algo a lo que se ha resistido, incomprensiblemente, pero que no ha tenido más remedio que aceptar, con el presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, enfilando desesperadamente el camino de los tribunales.

En el caso de Ceuta se está produciendo lo más parecido a un Estado fallido. No han caído sus instituciones, pero el Gobierno es incapaz de defender la soberanía española

No estamos ante un problema tan solo de gestión o de incapacidad política. No es comparable con cualquiera de las crisis sectoriales que pueda haber actualmente, como, por ejemplo, la de los trenes. En ese caso, lo que sucede es que el Estado es incapaz de hacer que el funcionamiento diario supere las lagunas que lo atenazan. Pero, en el caso de Ceuta, se está produciendo lo más parecido a un Estado fallido. No han caído sus instituciones, pero el Gobierno es incapaz de defender la soberanía española, que ha pasado a depender de la actuación del país vecino, en este caso Marruecos, y de que el rey Mohamed VI decida o no abrir el tránsito a miles de personas, como sucedió el pasado 30 de julio.

Ante todo eso, el único ejercicio de globo sonda que ha encontrado el Gobierno es abrir un debate sobre si monarquía o república, encauzado por el siempre activo ministro tuitero, Óscar Puente. Dos críticas seguidas a Felipe VI no son casualidad y el juego de palabras de este domingo sobre si podría o no podría suceder a Pedro Sánchez no deja de ser un interés desmedido por que se hable de otra cosa que de Ceuta y la incomprensible cesión de Sánchez, que ha dejado que el timón lo lleve el rey de Marruecos. Lo que se vive en Ceuta en estos momentos es la expresión de la impotencia de un Estado que lleva mucho tiempo haciendo aguas.