No deja de ser curioso. Nadie cree en la posibilidad de un acuerdo con Podemos que facilite la investidura de Pedro Sánchez, pero cada vez hay más voces de la derecha que creen que eso acabará pasando antes de que se agote el mes de abril. Y a esa posibilidad incierta e improbable se agarra de nuevo el náufrago Sánchez que mantendrá este miércoles su ansiada cita con Pablo Iglesias, la primera desde su fracasada sesión de investidura y a la que llega con una versión B del acuerdo suscrito en su día con Ciudadanos. Un gobierno socialista con incrustaciones de la formación de Albert Rivera y de Podemos. El líder de la formación morada será también la primera vez desde las elecciones del 20 de diciembre que llegue magullado a un encuentro con el secretario general del PSOE. La distancia con su número dos, Íñigo Errejón, es pública y conocida, y alguna de sus confluencias, como Compromís, no comparten su estrategia política. Tiene o puede tener, en cambio, Iglesias un as en la manga: un preacuerdo electoral con Izquierda Unida y Alberto Garzón que le permita estar en condiciones de realizar su ansiado sorpasso al PSOE.

Si no es así, y puede no ser así, lanzarse a tumba abierta a unos nuevos comicios puede ser una jugada de un enorme riesgo para Podemos en una sociedad como la española, nada acostumbrada a este tipo de situaciones tan límite. Por si Podemos desciende a la tierra y cambia lo que hasta la fecha ha sido una actitud humillante con los socialistas a algo que se asemeje a una negociación, los interlocutores del PSOE aseguran llevar material suficiente para avanzar en un posible pacto. Supondría, obviamente en todos los supuestos, que el tema territorial aparca cualquier opción de un referéndum pactado en Catalunya.

La otra cara de la moneda viene reflejada en las angustias del PP y el siempre presente José María Aznar. El expresidente del Gobierno y del PP que siempre sale a escena cuando olfatea la debilidad política de Mariano Rajoy no ha faltado a la cita en un homenaje a Vargas Llosa celebrado este martes en Madrid. Aznar no perdió la ocasión de plantear la necesidad de nuevos liderazgos a la altura de los desafíos existentes. Rajoy encajó el severo rapapolvo de Aznar, los comentarios del premio Nobel sobre los males de la corrupción y se retiró a la Moncloa donde le ha recluido de un tiempo a esta parte la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Mientras, muchos dirigentes populares temen que la inacción les acabe pasando factura.