Lo mejor que podemos hacer este Día de Sant Jordi es reivindicar la diada y lo que representa, el libro y la rosa. Frente a los energúmenos que tratan de extirparnos cualquier signo de identidad propia, hagamos de la Diada de Sant Jordi nuestra fiesta de la cultura catalana, la que nos permite seguir siendo un pueblo con una identidad propia, una lengua que nos diferencia y un país de pertenencia, acogedor como ninguno, de personas de cualquier latitud que se quiera integrar. El 23 de abril no es el Día del Libro; es el día que se venden libros, que es otra cosa muy diferente. La Diada de Sant Jordi nos da identidad en el mundo de la cultura y convierte la jornada en un fenómeno único en el mundo, que, año a año, ocupa medios de comunicación de todas las latitudes, que no dejan de sorprenderse. La hostilidad de estas últimas fechas por escobillas del mundo de la cultura y amargados varios no debe hacernos perder el rumbo: mantengamos las tradiciones y celebremos una festividad inigualable.

Esto no es el Día del Libro 2026, que se celebrará próximamente en Madrid y que el Ayuntamiento anuncia así: una semana de cuentos, talleres, ferias y lectura para todos. Y que en el programa se destaca que este año, además, la celebración tiene un valor especial, ya que se cumple el centenario de esta efeméride, aprobada oficialmente en España en 1926. De ahí la programación que se extiende durante toda la semana, entre el 20 y el 26 de abril, y que busca llenar bibliotecas, museos, centros culturales y plazas de actividades para todos los públicos. Se anuncia que ha habido cuentacuentos, talleres infantiles, recitales, presentaciones de libros, lecturas compartidas, conciertos, visitas guiadas y varias ferias del libro repartidas por la ciudad. Está muy bien y es encomiable si a ellos les gusta. Es, ciertamente, su Día del Libro. Pero ese no es nuestro modelo: un país en la calle para reivindicar la Diada de Sant Jordi y expresar desacomplejadamente la catalanidad y las raíces de un pueblo milenario.

Salgamos masivamente a la calle, exhibamos desacomplejadamente nuestra catalanidad, celebrémoslo como todos los años, como una jornada de cultura y de civismo

Mientras persista esta voluntad de pervivencia en nuestros valores, los Mendoza, Mariscal o la actriz Loles León, por citar tres personajes amargados, tendrán poco más que el derecho a protestar y a hacer el ridículo. Porque qué son sino las declaraciones de la actriz nacida en Barcelona, realizadas tras recibir la Creu de Sant Jordi el año pasado, después de que el Ayuntamiento quisiera concederle la medalla de oro de Barcelona, pero se opusiera, por motivos diferentes, toda la oposición: Junts y ERC por unas declaraciones contra la lengua catalana, y Vox y PP por razones estrictamente ideológicas. Sus palabras sobre qué pensó cuando se le comunicó que se le había considerado merecedora de la Creu de Sant Jordi dan vergüenza: "Que se jodan. Querían caldo, toma dos tazas". Es obvio que no pasa los estándares del decreto de concesión que han de cumplir los galardonados, pero eso es otra cuestión. La Creu de Sant Jordi, creada en 1981, reconoce los servicios destacados a Catalunya en la defensa de su identidad o en el ámbito cívico y cultural. 

Catalunya es muchas cosas y la Diada de Sant Jordi, festividad del patrón de Catalunya, es el compendio de muchas de ellas. Salgamos masivamente a la calle, exhibamos desacomplejadamente nuestra catalanidad, celebrémoslo como todos los años, como una jornada de cultura y de civismo. De cultura catalana, aquella que está escrita en lengua catalana, la lengua propia del país. Reivindiquémosla y empujemos a las administraciones a protegerla si queremos que el país siga siendo lo que aún es y dentro de unas décadas Sant Jordi siga representando lo que hoy simboliza. Algo único, una fiesta popular, capaz de impresionar a los que vienen de fuera. Una multitud de gente en las calles comprando libros y rosas, con civismo y con amor. ¡Molt bona diada!