La primera jornada de la visita de León XIV a Catalunya, con dos actos importantes en la catedral de la Santa Creu i Santa Eulàlia y en el Estadi Olímpic Lluís Companys, ha dejado un cierto sabor agridulce: desde el punto de vista del catolicismo, el papa norteamericano ha despertado interés y simpatía, aunque no ha convocado las multitudes de Madrid, ni en las convocatorias que se habían organizado, ni en las calles de la ciudad. Es verdad que en la capital española los actos más multitudinarios fueron en fin de semana y aquí en un día laborable. Pero también la apuesta por un formato más reducido se corresponde con el distanciamiento que existe entre la diócesis de Barcelona y un sector amplio de sus feligreses, aquellos que militan más en los preceptos y en la identidad de la denominada iglesia catalana de antaño.
El Papa usó la lengua catalana en una proporción claramente inferior a la del castellano y en menor proporción que sus antepasados, Juan Pablo II y Benedicto XVI, cuando visitaron Barcelona. La empleó en sus discursos —en la catedral y en el Lluís Companys— y también en una breve e improvisada salutación a los que llenaban la plaza de la Catedral y antes de dirigirse al Palacio Episcopal, su residencia en la capital catalana. Ni una sola vez pronunció la palabra Catalunya y sí habló de España, de que sea un país acogedor para todos y de unidad. La Marca España hizo bien su trabajo en la preparación del viaje, sin que se le escaparan detalles. El cardenal arzobispo de Barcelona, Joan Josep Omella, rizo el rizo todo lo que pudo y se refirió a Catalunya como la capital de la Mediterránea, algo que nadie niega, pero en este caso tenía un significado.
La Marca España hizo bien su trabajo en la preparación del viaje, sin que se le escaparan detalles
El president Salvador Illa le hizo entrega, en una audiencia privada a primera hora de la tarde, de una carta en la que le expresaba el "anhelo" para que el pontífice utilice el catalán en los saludos urbi et orbi, la bendición papal más solemne de la Iglesia católica, con la que León XIV no solo extiende su bendición globalmente, sino que otorga la indulgencia plenaria a quienes la reciben y se produce en momentos tan especiales como el Domingo de Pascua o en Navidad desde la basílica de San Pedro. La Generalitat también colocó excepcionalmente la bandera del Vaticano en el balcón, rompiendo el protocolo habitual en reconocimiento a la visita y al impacto y trascendencia internacional.
Esa bandera vaticana en el Palau contrastaba con la proliferación de banderas españolas frente a las escasas catalanas en el Estadi Lluís Companys. Quizás alguien podía haber pensado en una distribución masiva de la senyera antes de la entrada en el estadi, como se hace en otras ocasiones, y ello no hubiera sido una señal de politización del acto, sino de mostrar la bandera propia del país. En un momento en que las identidades propias cuentan, y cuentan mucho, estos gestos no son detalles menores, aunque siempre haya aquel discurso que pretenda tildarlos de provincianos, algo que, al fin y al cabo, no pretende otra cosa que evitar nuestra presencia como nación.