Debe ser la evidencia de que, al menos hasta el momento, la fiscalía de la Audiencia Nacional ha construido una causa poco sólida contra el president Jordi Pujol que las sesiones que se han celebrado están teniendo un escaso seguimiento informativo. Estamos ya en el ecuador del juicio iniciado el pasado mes de noviembre y de toda aquella patraña de insidias e insinuaciones de asociación ilícita y blanqueo de capitales nada ha podido ser probado. Es más, el fiscal de la Audiencia Nacional, Fernando Bermejo, que ha llevado al límite alguno de sus interrogatorios a los testigos, ha recibido calabazas en su objetivo de establecer un mínimo nexo de corrupción. Y es que la petición fiscal contra el president Pujol no se quedó corta: 9 años de cárcel y 204.000 euros de multa.

Cada vez se ve más claro que todo formó parte de una guerra sucia contra el independentismo y que Pujol era una de las piezas de caza mayor para aguantar un relato de corrupción el tiempo suficiente para deshinchar el independentismo como motor de cambio político en Catalunya. La causa iniciada en 2015 a raíz de la confesión de la famosa deixa de su padre, Florenci Pujol, abrió las puertas a la entrada de la denominada "policía patriótica" en la invención de noticias que lo desacreditaran a él, a su familia y al movimiento. En aquel momento, Pujol tenía 85 años, estaba razonablemente bien de salud para su edad y nadie le discutía el papel de creador de la Catalunya moderna y su lugar entre los grandes del país, a la altura de prohombres como Enric Prat de la Riba o Francesc Macià.

Estamos ya en el ecuador del juicio iniciado el pasado mes de noviembre y de toda aquella patraña de insidias e insinuaciones de asociación ilícita y blanqueo de capitales nada ha podido ser probado

Casi once años después, Pujol se acerca a los 96 años, ha sufrido un ictus severo y su salud ha declinado. Es prácticamente imposible que pueda seguir una conversación, ya que su memoria inmediata ha menguado enormemente. Le cuesta recordar personas que han formado parte de su bagaje histórico y, seguramente, solo su insistencia en aparentar normalidad puede confundir durante unos instantes a sus visitantes. Lo que ha hecho el tribunal de la Audiencia Nacional presidido por el magistrado José Ricardo de Prada no eximiéndolo de la acusación en el procedimiento penal pese a que los forenses públicos que lo examinaron concluyeron que no tenía las capacidades cognitivas y físicas plenas para poder defenderse es una auténtica canallada y un intento de escarnio a su memoria y a su historia.

Seguramente, el tribunal confiaba en que Pujol no llegara vivo al juicio, para poder archivarle la causa, pero no ha sido así. Ahora, en cambio, corre el riesgo de que se le muera. O peor aún que tenga que ser declarado inocente por falta de pruebas. En circunstancias como las actuales, nunca se sabe qué parte del deterioro de su estado de salud es debida a la persecución judicial y policial que ha padecido. Son más de diez años tratando de construir una causa que, por lo que llevamos visto hasta la fecha, lo menos que se puede decir es que es endeble. Al juicio le quedan dos semanas más en febrero, en marzo y en abril antes de que sea declarado visto para sentencia. Pero, por ahora, solo hemos visto humo, elucubraciones y, en expresión de nuestra experta judicial, a un fiscal desesperado tratando de implicar sin pruebas a un testigo.