Cuanto mejor le van las encuestas a Albert Rivera más sube el diapasón contra el independentismo catalán. España parece que no tiene suficiente con la política represiva del gobierno español y del PSOE y que se ha entregado al discurso beligerante del líder de Ciudadanos. Rivera puede decir un día que nunca indultaría a Oriol Junqueras, reírse de Marta Rovira cuando emprende camino del exilio señalando que "el último golpista que apague la luz", y aterrizar en Buenos Aires y, preguntado sobre Elsa Artadi, declarar impertérrito que ya veremos si la diputada de Junts per Catalunya acaba o no en procesos judiciales. Así entiende la política Rivera: hay que ser el sheriff en el salvaje oeste en que se ha convertido el escenario político español.

El partido que surgió en Catalunya para acabar con la convivencia lingüística imperante y con el consenso de partidos, patronales, sindicatos, comunidad educativa y sociedad civil ha conseguido la cuadratura del círculo: aspirar a todo el voto unionista en Catalunya y reventar al PP y al PSOE en España. Rivera ha llevado la batalla política a su terreno, el de la bronca y la descalificación. Y populares y socialistas han picado como incautos: tanto Mariano Rajoy como Pedro Sánchez. Ambos no tienen ninguna bandera que defender, tan solo una ristra de nóminas que mantener en todo el territorio español. Por eso el líder de Ciudadanos campa a sus anchas y su peligroso discurso no encuentra respuesta en ninguna de las dos formaciones que han dominado el bipartidismo en España.

Rivera no va a ejercer ni de hombre bueno, ni de político puente. Con la Moncloa a su alcance, le basta con alinearse con el Tribunal Supremo y con El País en el falso relato de la rebelión y la malversación. Y castigar directamente al hígado al gobierno español cuando trata de distanciarse de la inexistente malversación al grito de Rajoy, traidor, Montoro traidor. Esa es su batalla y el único trampolín a la presidencia del gobierno. Por eso, se pone de perfil en el fallo de la Audiencia Provincial de Navarra sobre La Manada y los medios hacen como que no se enteran. Rivera respeta la sentencia de La Manada pero señala a maestros de Sant Andreu de la Barca a los que la fiscalía investiga por supuestos delitos de odio y tilda de cobarde al gobierno español porque no les abre un expediente. Y, el Madrid funcionarial, la maquinaria del Estado, le vitorea. A su lado, Rajoy y Sánchez son de otra división dialéctica.

Por eso, le cuesta tan poco advertir a Artadi. Él es la ley, piensa.

Ahora hace un año que Les Luthiers estrenaron en el teatro Astengo de Rosario su último espectáculo, que lleva por título Gran Reserva. Uno de los números más aplaudidos son unos chistes de salón de un sheriff prepotente. Y que, a veces, también incluye una de sus canciones más conocidas: Canción de la mala gente. Aquella que empieza "somos la mala gente, mala gente / somos la mala gente, mala gente" y que a partir del 25 volverá a Buenos Aires.

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