La doble decisión del Govern de pedir que la mascarilla vuelva a ser obligatoria en Catalunya y aplicar una mínima marcha atrás en la desescalada de la Covid a la vista de los pésimos datos que se están conociendo estos días, y que en buena medida son consecuencia del puente de Sant Joan, plantea dos medidas acertadas y que deberían hacernos ser realistas: el coronavirus no se ha acabado y aunque avanzan rápidamente los porcentajes de vacunación, aún estamos lejos de las cifras necesarias para considerar que la batalla está ganada.

De hecho, el retorno de la mascarilla en los espacios al aire libre ya se ha ido produciendo como un fenómeno natural estas últimas fechas y, de una manera muy especial, entre la gente mayor. Nadie quiere que tras un enorme esfuerzo de quince meses y con dos vacunas a sus espaldas una anécdota como el hecho de llevar o no la mascarilla acabe teniendo consecuencias para su salud. Es cierto que la vacunación cada vez más numerosa —total en las franjas de edad de mayor riesgo— hace que no haya una ola de ingresos en los hospitales, pero también es verdad que los Centros de Asistencia Primaria están a rebosar, cuando no colapsados.

El riesgo de rebrotes está en más de 1.280 puntos cuando hace una semana era de 157 y hace dos de 98. Hay poblaciones como Capçanes, en el Priorat, de 400 habitantes, donde el riesgo de rebrote es de 10.091; Peramola, en el Alt Urgell, de 5.891; Sitges, en el Garraf, de 5.143; y Vilassar de Mar, en el Maresme, de 4.959, por citar algunos municipios. La positividad en las pruebas de coronavirus en Catalunya ha escalado al 14,92% cuando hace quince días era de 3,7% y la OMS considera que una epidemia está controlada cuando está por debajo del 5%.

Por tanto, estamos en una fase crítica en la que solo la vacuna amortigua la incidencia real y la mortalidad. Este martes, una persona con responsabilidades políticas me hacía una reflexión interesante: ¿Tiene retorno por parte de la ciudadanía el ser lo más exigentes posible en la lucha contra el coronavirus después de ver el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que tiene más muertos que nadie y la ciudadanía le premia con unos resultados electorales aplastantes?

No es una respuesta fácil porque puede acabar pareciendo que los muertos no votan y a los vivos les da igual. El camino de Catalunya, con errores, claro está, algunos no menores como la mala gestión del tema de la restauración, que padeció más de lo necesario, ha sido, en general, el adecuado y de ahí no debe moverse. Eso sí, explicándose el máximo y siendo lo más empáticos posible con los sectores afectados. En estos momentos, el ocio nocturno. Mañana, no se sabe cuál.