Después de muchos años de desinterés ciudadano por el discurso navideño de Felipe VI, el de las Navidades de este 2020 tenía, al menos, el morbo de conocer cómo abordaría el triple problema que tiene España y que le afecta a él en primera persona.
La fuga de su padre a los Emiratos Árabes Unidos, después de que estallaran los escándalos del emérito por una secuencia aún inacabada de casos de corrupción; el desencuentro de la monarquía con una parte cada vez más amplia de la sociedad española, que han encabezado los catalanes reclamando una república catalana y que ha abierto, de paso, la caja de Pandora de la república como forma de Estado; y el desafío de sectores de los ejércitos, que enarbolan la bandera de un retorno al pasado y que se le han dirigido como comandante en jefe de las fuerzas armadas ante un silencio ensordecedor por su parte.
Si esos eran los tres retos que tenía por delante en esta noche del 24 de diciembre —hay otros, pero tras ellos puede escudarse, ya que corresponden más al Gobierno que a su papel como rey—, su intervención hay que calificarla de imprudente y temeraria. Sus escasas palabras sobre los escándalos de su padre, a partir de frases interpretables más que por una acusación directa o un reproche concreto, sin ninguna mención a Juan Carlos I, están muy lejos de las expectativas que había despertado el discurso y de la responsabilidad que le es exigible.
Habrá quien piense que no es consciente del deterioro de la institución, de la gravedad y de su alejamiento de la sociedad. Felipe VI ha perdido una gran oportunidad para situarse en el lado correcto. En el mundo de la comunicación directa hay que leer entre líneas para interpretar su mensaje. "Preservar los valores éticos" o "los principios morales que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas" o "unos principios que nos obligan a todos sin excepciones; y que están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares". Son frases demasiado alambicadas y enrevesadas para llegar al aprobado.
Y todo ello pone de manifiesto, también, que ha preferido eludir sus responsabilidades como jefe del Estado y máximo responsable de la monarquía española, rehuyendo cualquier mínima crítica, quién sabe si para evitar una respuesta agria de su padre. A cambio, inflige más daño a una institución ya muy deteriorada, que no hace más que perder apoyo ciudadano. En definitiva, un rey que pasa demasiadas horas en su torre de marfil.