El president Artur Mas ha verbalizado este lunes lo que era un secreto a voces en la política catalana: se queda en el PDeCAT. Y, en consecuencia, no se integra en Junts per Catalunya, la formación que lidera el president Carles Puigdemont y que se articuló como un nuevo partido el pasado mes de julio. Con esta decisión, ahonda en la herida de desunión en el espacio que se ha dado en llamar postconvergente, del que han estirado unos y otros, a la espera de que las próximas elecciones catalanas, con el inicio de año, sitúen a cada uno en su sitio. Durante su comparecencia pública, Mas intentó ser elegante con Puigdemont -con el que mantiene una relación formalmente impecable y de afecto que es recíproca- y se comportó como aquella persona herida que lo último que desea es provocar un conflicto aunque tiene necesidad de explicarse. En síntesis, Mas ni comparte ni entiende lo que ha pasado, de ahí sus duras palabras: "Estoy triste, decepcionado y enfadado".

Casualmente, es la segunda vez que Artur Mas da lo que él mismo definió como un pas al costat. El primero fue en enero de 2016 cuando renunció a la presidencia de la Generalitat como exigia la CUP para que sus diputados aceptaran un candidato de Junts pel Sí, la coalición del PDeCAT y Esquerra Republicana. De aquella renuncia de Mas, generosa para unos e inexplicable para otros, es bien sabido que surgió la elección de Puigdemont por decisión del primero para que siguiera el camino que acabaría desembocando en el referéndum del 1 de octubre de 2017. Ahora realiza el segundo pas al costat ya que a la vista de la desunión existente da un paso más en su progresivo alejamiento político. Y, por ello, resaltó que la situación actual le lleva a renunciar a participar en alguna lista electoral en los próximos comicios al Parlament, a descartar ocupar ninguna responsabilidad de gobierno y también a cerrar todas las opciones a cualquier cargo futuro. Se concentrará en seguir predicando la unidad y en un papel más institucional como ex president de la Generalitat.

Unos y otros van a tener dificultades para explicar este desenlace ya que la biografía política de Mas no puede ser despachada con un desdeñoso "me da igual". Sobre todo porque su papel decisivo a partir de 2012 -y que tantos disgustos judiciales le ha comportado- fue el que hizo que cientos de miles de catalanes se alinearan inequívocamente en el carril a favor de la independencia de Catalunya. También que dieran por acabado el período autonomista, entre otras cosas, porque era él quien estaba al frente del proyecto y eso era en aquel momento una cierta garantía de orden para el amplio mundo convergente. En el año 2020 es posible que algunas de estas cosas de las que han transcurrido ya casi una década hayan quedado amortizadas ya que todo va muy deprisa, sobre todo lo que tiene que ver con los liderazgos. Nadie queda al frente de los que tenían el poder durante aquellos años en Madrid aunque la persecución judicial, política y mediática que ellos iniciaron sigue más viva que nunca.

No deja de ser más que un reflejo de toda esta persecución el hecho de que el presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli, haya remitido a la Comisión de Asuntos Jurídicos de la Eurocámara la petición de amparo de Carles Puigdemont por la vulneración de su inmunidad por parte del Juzgado número 6 de la Audiencia Nacional, como publicó el diario El Mundo. Las chapuzas no salen gratis en Europa.

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