Se han cumplido este sábado dos años desde que Salvador Illa asumió la presidencia de la Generalitat después de cerrar un acuerdo con Esquerra Republicana —entonces comandada por Pere Aragonès y Marta Rovira— y los Comuns, con Jéssica Albiach al frente. Fueron 68 votos a favor frente a los 67 en contra de los diferentes grupos de la oposición, con Junts a la cabeza. En estos 24 meses, la navegación del gobierno catalán ha sufrido muchos momentos de oleaje importante —Rodalies, Pisa, catalán, seguridad, financiación, etcétera—, pero los problemas han tenido como resultado una mayor cohesión de PSC, ERC (ahora ya con Oriol Junqueras al frente) y los Comuns.
Una sensación reforzada con una oposición desdibujada que, en el caso del principal grupo de la oposición, Junts per Catalunya, ha tenido que luchar contra dos obstáculos que han acabado siendo decisivos: su líder, Carles Puigdemont, aún en el exilio y sin un calendario claro de retorno, aunque las principales apuestas se sitúan ahora en el último trimestre del año; y, por si fuera poco, la irrupción de Aliança Catalana de Sílvia Orriols, a la que claramente los de Junts no han sabido plantar cara, les ha dejado poco menos que luchando contra molinos de viento. Se equivocaban y los penalizaban y acertaban y no obtenían rédito alguno. En cualquier caso, es evidente que el barco tiene que ser reparado; no serán suficientes solo los ajustes cosméticos, y quizás entonces la situación ambiental cambiará y su horizonte electoral mejorará, ya que ahora todo son problemas.
Que la situación del president Salvador Illa es agridulce es, seguramente, una evidencia. El último CEO lo suspende con el 4,8, una puntuación similar a la de Junqueras. Es el líder mejor valorado, pero no llega al aprobado, aunque, hoy en día, cuesta encontrar un gobernante al que sus electores aprueben holgadamente. Su principal problema hoy y en el futuro inmediato radica en dos cuestiones: la gestión en departamentos clave y la negociación con el Gobierno de cuestiones tan centrales como la financiación autonómica o la mejora de las infraestructuras. Al final, va a ser en estas dos carpetas, junto a la percepción de algo mucho más ambiguo como es la catalanidad y la defensa de Catalunya, donde va a estar en juego que pueda repetir los resultados de 2024.
Su principal problema hoy y en el futuro inmediato radica en base a dos cuestiones: la gestión en departamentos clave y la negociación con el Gobierno de cuestiones tan centrales como la financiación autonómica
Illa va a tener, seguramente, un comodín para el último tramo de la legislatura: faltan dos años, pero, al final, pueden acabar siendo uno más uno: uno con Sánchez en la Moncloa y otro con Feijóo y Abascal gobernando. En este horizonte, las catalanas pueden ser vistas como el final del ciclo actual —municipales, españolas (así o a la inversa) y catalanas— o las primeras de un ciclo frente al PP y Vox, una circunstancia que sería, obviamente, más cómoda para el PSC y Salvador Illa. Remar contra la derecha siempre ha dado buenos resultados a los socialistas catalanes y así lo demuestran los resultados de las diferentes elecciones.
Resumiendo, dos años es un tiempo suficiente para extraer algunos resultados y variar lo que no funciona. El gobernante tiende a ser conservador a la hora de mover piezas, pero también debe ser pragmático. La clave está siempre en acertar con el momento cuando las conclusiones son aparentemente bastante claras.