Hace algo más de trece años, Europa, sus ciudadanos y algunos de los Estados miembros de la Unió Europea, hicieron quizás el último gesto masivo de rebeldía que se le supone a una sociedad comprometida, libre y democrática. Salieron a la calle por millones para decir bien alto que estaban en contra de la invasión de Irak que lideraban George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar. Era febrero de 2003 y en Barcelona varios cientos de miles de personas -según la Guardia Urbana fueron 1,3 millones- llenaron a rebosar las calles del centro de la capital con el lema del "No a la guerra". Hoy nadie duda que aquella invasión fue un error, más allá de haberse llevado a cabo utilizando información falsa.

Vale la pena recordar aquella movilización ciudadana a la hora de comparar la respuesta que se está dando al drama de los refugiados y a la crisis humanitaria que se está produciendo y de la que tenemos noticias a diario por los medios de comunicación. Europa sobrevive como un gran mercado de 500 millones de habitantes. Se legisla pensando en este mercado interior y la pulsión de Bruselas es básicamente económica y tiene que ver, en la mayoría de los casos, con el sistema financiero o la crisis económica. Hace tiempo que se abandonó la idea de hacer política. Los jefes de Estado y de gobierno resuelven a escote los problemas a medida que se van tropezando con ellos y así va pasando el tiempo.

No está siendo muy diferente con el caso de los refugiados. El debate sobre las personas ha sido sustituido por el del dinero y las ayudas que se han de conceder a Turquia para que haga de gendarme del continente. Así, los 28 pueden tranquilamente mirar hacia otro lado. ¿Que Turquía es un país dudoso -por utilizar un término suave- en el tema de los derechos humanos? Se esquiva el problema y se le añade algunas dosis de temor a la sociedad advirtiendo del riesgo de la entrada de terroristas entre el colectivo de refugiados. Hipótesis que los estados han de contemplar para extremar las medidas de control, no para impedirlo a todo el mundo que llega del mundo del terror, la muerte, el hambre y la miseria. Mientras, los refugiados llegan en cuentagotas a sus países de destino ya que los trámites son muy lentos y los cupos casi una vergüenza. Pero la respuesta en la calle también deja mucho que desear. Este sábado unas 4.000 personas se han manifestado por las calles de Barcelona. ¿Como pueden los Estados sentirse presionados por la ciudadanía con estas cifras tan pequeñas?