De los muchos comentarios que he leído estas últimas horas sobre qué hemos de pensar los occidentales tras el acuerdo entre Estados Unidos e Irán para concederse dos semanas de tregua, me quedaría con el análisis de Tom Bateman, el corresponsal de la BBC para el Departamento de Estado de EE.UU., que ha escrito lo siguiente: "La intervención de Pakistán les ha dado tanto a Donald Trump como a Irán una escalera para dar marcha atrás". ¿Es eso poco o mucho? ¿Es provisional o duradero? ¿Cabe hacerse muchas esperanzas cara al futuro? Todo eso es, seguramente, la parte más oscura una vez que se ha cruzado el rubicón de la amenaza formulada por el presidente de Estados Unidos: simple y llanamente había advertido que una civilización entera moriría cuando expirara el ultimátum de la noche del martes, si Irán no cumplía sus exigencias como permitir el paso de petróleo por el estrecho de Ormuz o negociar. Antes había intimidado a los iraníes con destruir infraestructuras clave como puentes y centrales eléctricas y también con ataques masivos.

Trump ha tenido que desescalar en muy pocas horas un conflicto que ponía en jaque su presidencia, ya que su posición distaba mucho de ser unánime entre la cúpula militar y mayoritaria entre la población. A estas alturas, la ciudadanía norteamericana no sabe aún por qué entraron en guerra con Irán, y su base electoral, la más fiel a Trump, qué hacen tan lejos de Estados Unidos. Incumpliendo el programa electoral y su consigna más repetida de America first, que se resume en una política exterior con menos intervenciones internacionales, un comercio que proteja las industrias nacionales y, en inmigración, unas políticas más restrictivas. Todo ello ha entrado en crisis por una u otra razón, aunque la primera ha acabado dejando su programa electoral en el cubo de la basura. La guerra iniciada por Trump el pasado 26 de febrero ha vuelto de alguna manera al punto de partida. En unas condiciones en las que militarmente Estados Unidos ha hecho un trabajo de destrucción armamentística innegable, y descabezando la cúpula iraní, pero sin lograr su objetivo, que era acabar con el régimen de los ayatolás o condicionar mucho su capacidad a la hora de negociar.

Trump ha tenido que desescalar en muy pocas horas un conflicto que ponía en jaque su presidencia, ya que su posición distaba mucho de ser unánime entre la cúpula militar y mayoritaria entre la población

Ahora resulta que Trump tiene que negociar con Irán a partir de un documento de diez puntos entregado por Teherán, en el que se plantea, incluso, que Irán cobre por el tránsito por el estrecho de Ormuz. Algo que hasta ahora no sucedía y que acabará dando, si lo consigue, unos ingresos muy importantes, al ser una vía clave para el tránsito marítimo del petróleo o de los fertilizantes, entre otras cosas. El plan, publicado por Irán, contiene, entre otras cosas, el cese total de la guerra en tres países, Irán, Irak, Líbano y Yemen; el compromiso pleno de levantar las sanciones contra Irán; la liberación de los fondos iraníes y los activos congelados en poder de Estados Unidos; y el pago íntegro de una indemnización por los costes de reconstrucción. En otro punto, se dice que Irán se compromete plenamente a no intentar poseer armas nucleares, algo que, siendo importante, no es ninguna gran novedad, ya que en los últimos acuerdos esto era así, aunque la fiabilidad de sus compromisos es lo que siempre ha estado en cuestión.

Después de este alto el fuego cogido con pinzas, Estados Unidos e Irán entran en una fase de enorme complejidad. La administración Trump ha demostrado que es lo más alejado de lo que se puede considerar un equipo preparado para los acuerdos diplomáticos, e Irán ya ha confirmado, en estos 43 días de guerra, que los planteamientos estadounidenses que podían existir de una desintegración del régimen o de una revolución interior carecen de realismo. Por todo ello, lo más probable es que asistamos durante las dos próximas semanas a una combinación de retórica, prácticas y de momentos en que parezca que el alto el fuego no tiene recorrido. Los mercados, al menos inicialmente, han comprado este nuevo marco de una salida diplomática y han reaccionado con optimismo y esperanza. También habrá que ver cuál es el grado de aceptación de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán por parte de Israel, que no es ni mucho menos un invitado en todo el conflicto. Y que va a ser fundamental para que este alto el fuego llegue también al Líbano, después de que Benjamin Netanyahu asegurara que este país no forma parte del pacto.

Resumiendo, felicitémonos, pero seamos enormemente prudentes, ya que todo está por hacer.