Hasta diversos medios de comunicación internacionales ha llegado la publicación este sábado de la ocupación de un hotel del centro de Barcelona porque su propietario era un israelí, y se han divulgado imágenes de como se sustituían banderas del establecimiento por las de Palestina. El hecho de que no haya habido mayores incidentes no resta gravedad al suceso, ya que la historia nos demuestra que es enormemente peligroso iniciar una persecución de personas en función de su origen. Son prácticas que se han de denunciar sin matices si se producen en nuestra casa, porque una espiral en esta dirección, sea del bando que sea, solo puede comportar un retorno al peor pasado posible.

Barcelona no puede permitírselo, que suceda esto en sus establecimientos, y mucho menos en un momento en que la ciudad intenta recuperar una cierta imagen de capital solvente y abierta al mundo. Ello, después de ocho años de mal gobierno en la ciudad, que de la mano de Ada Colau se precipitó a las peores valoraciones en seguridad y protagonizó numerosos conflictos con los más diversos sectores de la ciudad. Entre los errores palmarios estuvo la ruptura de relaciones con la ciudad de Tel Aviv y que el actual alcalde, Jaume Collboni, restauró nada más acceder al cargo, manteniendo así una relación privilegiada, igual que existe con Gaza.

El camino sí es, en cambio, las protestas en la calle para expresar la repulsa. Hace unos días la denuncia fue proisraelí, tras el ataque terrorista de Hamás en la zona que limita con la Franja de Gaza y que causó cientos de muertos, con imágenes realmente terribles con ancianos y con niños. Este sábado, una más multitudinaria, que reunió a unas 19.000 personas, según la Guardia Urbana, y convocada por la comunidad palestina, pidió "parar el genocidio de Israel a Palestina". La manifestación también se convirtió en una crítica a los Estados Unidos y la Unión Europea, que consideran a Israel un socio estratégico en la región. 

Ante un conflicto que será largo y en el que cuesta ver una salida negociada, como se ha visto este sábado en la cumbre internacional celebrada en El Cairo, organizada por el presidente egipcio Abdelfatah al Sisi, y a la que han asistido representantes de 34 países, entre ellos el presidente Pedro Sánchez, los intentos destinados a rebajar el conflicto bélico parecen condenados al fracaso. Las posiciones entre los países árabes y los europeos parecen abismales, y tiene razón el ministro británico de Exteriores, James Cleverly, cuando señala que estamos en un momento de máxima polarización y que cada vez el conflicto está más a flor de piel y es más pasional.