El mundo independentista está llamado hoy, Diada Nacional de Catalunya, a protagonizar una nueva demostración de fuerza y a exhibir músculo frente a los que consideran que el movimiento está en retroceso y la división se ha adueñado irreversiblemente de su espíritu ganador, reivindicativo y, como dice la canción de Lluis Llach, de dos millones de personas tozudamente alzadas. Hoy se acaban los estériles debates entre emprenyats dispuestos a quedarse en casa para dar un toque a los partidos, emprenyats partidarios de separar su enfado de la asistencia a la manifestación y convencidos de que la mejor manera de plantar cara a la represión es ser cuantos más mejor este Onze de Setembre. El mundo independentista, siempre campeón de los campeones en la crítica a los suyos -por cierto, ahí está Pedro Sánchez sin tener gobierno por querer arañar unos cuantos votos en una nuevas elecciones en medio del escandaloso silencio de los poderosos- afronta esta jornada con el corazón partido entre el pragmatismo y el compromiso. Practicando mucho más lo primero y hablando siempre de lo segundo.

El otro día, un matrimonio que acudió al diario a comprar la camiseta de la ANC para la Diada me explicó que sería la segunda manifestación del Onze de Setembre a la que asistirían. Habían acudido a la de 2012, la primera multitudinaria, porque consideraron que era importante ser muchos aquel día y enviar un mensaje contundente al Estado español. Solo este año habían tenido, nuevamente, una sensación como en 2012 de que no podían quedarse en casa. "Nos esperan derrotados y eso no ha de pasar", me explicó el hombre. "Saldremos en defensa propia", remató ella. Y me pareció que era una buena manera de explicar y explicarnos por qué la gente volverá a llenar las calles de Barcelona nuevamente esta Diada: en defensa propia.

Es así de sencillo porque al defender el retorno de los exiliados, la libertad de los presos políticos, el fin de la represión, una sentencia justa que tape el juicio que hemos presenciado en el Tribunal Supremo repleto de vulneraciones de derechos o un referéndum sobre la independencia de Catalunya, entre otras cosas, es actuar en defensa propia ya que eso es lo que quería ese matrimonio pero es la demanda mayoritaria de la sociedad catalana. No es muy normal, de hecho es absolutamente excepcional, la situación que atraviesa Catalunya. En ningún otro sitio, los tres últimos presidentes del país están bajo la mirada y la actuación de la justicia por motivaciones estrictamente políticas. Al president Puigdemont, en el exilio, y al president Mas, inhabilitado, se suma el president Torra, citado a juicio la cuarta semana de septiembre por no haber descolgado a tiempo una pancarta del Palau de la Generalitat y al que se pretende inhabilitar por este hecho. Un juicio, por otro lado, que ha sido fijado para el mismo día del debate de política general en el Parlament, que debe abrir el president Torra, y que el TSJC no tiene visos de cambiar de día.

En la calle, tozudamente alzados, y sin perder la esperanza.

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